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Tribuna libre

Talante, pum

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Señor Otegi. No es posible detener el Estado de Derecho para que usted tenga a bien bajarse del árbol e integrarse en el mundo de los seres humanos

Hace un año, el desaparecido Jaime Campmany publicó en ABC una columna con este mismo título. Me permito la licencia de tomar prestados estos dos vocablos, tan gráficos y cargados de sentido. Uno tiene el convencimiento de que, en la cuestión vasca, este país se encuentra igual o peor que hace 12 meses. Me explico.   Por aquel entonces, Zapatero se presentaba al Debate sobre el Estado de la Nación anunciando que la negociación política –y no tanto el frente policial, judicial o penitenciario- podría contribuir al fin de la violencia. En esa fase del discurso estaba el inquilino de La Moncloa cuando, en el madrileño barrio de San Blas, una bomba colocada por ETA con unos 20 kilos de explosivos hizo pum. La banda se hacía un hueco en el hemiciclo a su manera: con medio centenar de heridos, edificios parcialmente en ruinas, coches quemados y crisis de ansiedad.   Arnaldo Otegi también ha hecho pum esta semana. Como para ETA-Batasuna matar sigue siendo “terrorísticamente incorrecto”, recurre a las amenazas. “Que a los jueces no se les ocurra ponernos las manos encima”. El aparato de la banda exige un alto el fuego a la justicia, una tregua de la democracia. Entonces, se sentarán a negociar. A uno se lo llevan los demonios al contemplar esta actitud retadora y fanfarrona de los pistoleros. A uno, sí. A Zapatero, no.   –Señor Otegi. No es posible detener el Estado de Derecho para que usted tenga a bien bajarse del árbol, abandonar el mundo de las bestias e integrarse en el de los seres humanos. El poder legislativo tiene que seguir aplicando la ley. Y si usted ha traspasado de nuevo la delgada línea roja de la legalidad, debe pagar.   ¿No hay nadie para hacerle llegar al señor Otegi estos cuatro conceptos? No lo parece. Zapatero está empeñado en la política de la mano tendida y los ojos vendados. Y el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, se apresta a pedir discreción: mejor todos callados, prietas las filas. La omertá, el vil disimulo. Bochornoso.   Uno entiende que alcanzar la paz es un proceso arduo, complejo. Y, al menos para el que esto escribe, ese camino no debe contemplar un humillante calvario para quien se encuentra al otro lado de la mesa, por más que tenga las manos manchadas de sangre. Así lo hicieron nuestros padres en la transición y nos ha ido bastante bien. Por eso, llegado el momento, y sin que esto suponga el “olvido por el olvido”, habrá que diseñar una hoja de ruta muy medida, que evite cerriles planteamientos.   Pero eso está en las antípodas de la estrategia abertzale, basada en el puñetazo sobre la mesa de nuestras instituciones. Eso no es tolerable. Por ello, muchos españoles se sienten hoy huérfanos de un Gobierno que no debería abstenerse de sus obligaciones. Eso se paga muy caro. Siempre. Alguien tiene que alertar a los Otegi y compañía de que el Estado de Derecho no puede hacer dejación de sus funciones y mirar para otro lado. Ni pum, ni gaitas.   Y ojo porque, mientras tanto, ETA sigue activa. Los datos provienen de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La banda se hace notar ahora como puede: robos de coches en Francia, visibles movimientos de su arsenal, cobro de abonos para mantener la estructura… Sólo en las cárceles –nos cuentan- hay un silencio total. Allí no se mueve ni una mosca. Entre rejas se deben de ver las cosas de otra forma. Digo yo.   Como apuntaba Jaime Campmany hace ya un año, aquella bomba de San Blas, que irrumpió por sorpresa en medio del Debate sobre el Estado de la Nación, le estalló a Zapatero incómodamente en mitad de la sonrisa y en medio del talante. Pum.   Este miércoles, Cándido Conde Pumpido –el fiscal que atesora méritos sobrados para superar al más pro gubernamental de los fiscales generales del Estado de la España democrática (Eligio Hernández)- intentará hacer el quite a su presidente durante la visita de Otegi a la Audiencia Nacional. Es un espectáculo triste, ignominioso, que alguien nos debería ahorrar. Pero ni está, ni se le espera. Ojalá no lo tengamos que lamentar nunca.

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