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Tintín en La Habana - (Versión Mambo # 8)

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Donde se cuenta la imaginaria historia de una conspiración y una muerte, en una ambientación ‘fin de régimen’, mecido todo por las brisas de una isla que –según Cabrera Infante- es como el mojito: agua, azúcar, ron y frío artificial.

La revista Chesterton (www.chesterton.es) tuvo a bien encargarme un reportaje-ficcion sobre ‘Tintín en La Habana’ para su número de octubre. Escribí dos versiones ‘vite et mal’ y hubo controversia a la hora de decidir cuál era peor. Como las dos son mías, yo las desprecio por igual. Esta es la inédita. Más allá del cinismo, conste la dedicatoria a Oswaldo Payá y a su familia: con admiración, con apoyo, con cariño.

*      *     *

El Havana Star se perdía en la imprecisión del mar y el cielo y una agitación de coctelera presagiaba la inmediata felicidad de otro mojito. Se encendían las primeras luces de La Habana. La tarde era un estado de incertidumbre pero -a la manera caribeña- la noche llegaría sin un instante para el presentimiento. Puntual de siglos, el cañón del Morro dio las nueve. Todo el mundo bebía. Sólo el hombre en blanco y azul se emborrachaba metódicamente, como si quisiera beber hasta la perfección o hasta el naufragio.

Desde la terraza del Hotel Nacional no era difícil caer en la consideración de que el mundo era un lugar plausible, ni era difícil transigir con el dolor ajeno como magnitud inevitable. Unos toman copas, otros buscan en la basura; las cosas se autorregulan con cierta satisfacción. Había viento, había palmeras, un ir y venir de chaquetillas blancas y rostros morenos, un rumor de mar. No faltaba el fondo de unas risas, la mesa de las mujeres que fuman y el turista sexagenario que -ajeno a todo- se seca la calva para poner una nota de realidad en el nocturno del jardín. Las luces indirectas sugerían determinaciones más poderosas que los hombres, el pensamiento -tal vez- de que cualquier cosa es posible cuando uno ha tomado los mojitos suficientes y la noche abre todos los caminos. Sonaba una orquesta de negros por el patio.

- La Habana es la ciudad más bonita de España, ¿no le parece?

- De momento, lo único que sé es que exige muchos cambios de ropa.

El calor era intenso como un rescoldo del día. Tintín acababa de llegar y buscaba un hilo de cobertura para el teléfono móvil. Pese a todo, si entre las obligaciones de los sobrios está el recibir la conversación confesional de los borrachos, entre sus derechos está el responder con evasivas.

- ¿Es su primera vez aquí? Pues desde esta misma colina los artilleros españoles mandaban regalos de cañón a los barcos yanquis. ¡Boom, boom! ¡Boom! ¿Quién lo diría, verdad?

El hombre en blanco y azul se levantó y palpó con una mano la primera batería. Con la otra mano sostenía la copa. En su cabeza, sin embargo, parecían desenvolverse batallas legendarias, últimos heroísmos, fabulosas naomaquias, proclamas de un siglo XIX de prohombres que equiparaban una constitución a una noción de orden perfecto. El hombre en blanco y azul palpaba los cañones y quién sabe si ligaba y desligaba toda la historia de Cuba como si su sustancia fuera un ir y venir de la nostalgia. No por estar borracho dejaba de intuir que el orden perfecto es insostenible en tanto que la historia -precisamente- está recorrida de imperfección original. 'Eso hace imposible cualquier revolución', había afirmado alguna vez. Hombre de teorías, en este caso concreto pensaba que el destino de Cuba era dolerle siempre a alguien.

- No es que les sirvieran de mucho los cañonazos, a los españoles.

- No les sirvieron de nada. Pero es curioso pensar que, desde entonces, los cubanos han seguido esa tradición de llevarse con los americanos a cañonazos.

- Eso también les ha sido muy inútil...

- No sea crítico, amigo mío. En este país llevan muy a mal la crítica.

- ¿Ah, sí?

- Aquí espían hasta las palmeras. Ándese con ojo.

- Yo creo que hay mucho mito con el espionaje cubano.

Los cercos sobre la madera de teka daban fe de una libación continuada, atolondrada. En este otro caso, su teoría era que realidades como el mojito, lejos de las contingencias y necesidades de la historia, sí apuntaban a una idea de autosuficiencia y perfección. Acabar el mojito es un gesto triste. En consecuencia, pidió otro.

- Yo más bien creo que lo del espionaje cubano tiene mucha realidad. ¿Quiere verlo?

Y se acercaron a una palma real, por donde el hombre en blanco y azul siguió por la tierra y el tronco el rastro de un cable hasta encontrar un mínimo micrófono.

- ¿Lo ve? En este país, las únicas cosas que ocurren son las más descabelladas.

Guiñó un ojo a Tintín, puso la cara de la picardía y se llevó el micrófono a la boca. A petición del público, la orquesta acometía Guajira Guantanamera:

Yo soy un hombre sincero,

de donde nace la palma,

y antes de morir yo quiero

sacar los versos del alma...

El hombre en blanco y azul silabeaba por el micrófono a un escucha sin rostro, variando el estribillo:

Gran comemielda,

eres un gran comemielda,

gran comemielda,

¡eres un gran comemielda!

- Vamos a dejarlo. Venga, vamos a dejarlo.

Tintín lo tenía asido por un brazo, el hombre en blanco y azul agachado, afinando sus 'comemieldas' según el ritmo de la música, hasta que la canción terminó y -roja la cara- empezó a deshacerse en un vocerío de '¡al carajo, esto se va al carajo!' y '¡ustedes solos la jodieron!'. Su prosodia a la cubana era perfecta, conocedor de la tonalidad isleña, de los periodos frasísticos, de las modulaciones justas de aspiración y énfasis acentual. Tintín rompió el cable y devolvió por la fuerza al borracho a la mesa, todavía en una algarabía de remisiones al carajo e imprecaciones sin explicación, amortiguada tan sólo por la banda que -por piedad o discreción- había dado paso al Mamá Inés.

'...todos los negros tomando café...', canturreó. El hombre en blanco y azul demostraba tener un manejo pormenorizado del repertorio de la cubanía. Su episodio de contrición y lucidez le iba a llegar de un momento a otro, con la tranquilidad, con el gesto de sentarse, con las vagas referencias sensuales

que ponía en la terraza el relente de la noche.

- Perdóneme. Perdone el espectáculo. El trópico y tal vez el alcohol me ponen un poco emocional.

Y añadió:

- Soy Fernando Montealto, abogado.

- Soy Tintín, periodista.

- No recuerdo haber leído nada suyo.

- Escribo poco. Últimamente me meto en muchos líos.

- Pues aquí intente más bien hacer turismo.

- Y usted, ¿ha venido aquí a hacer turismo?

- No, yo aquí vengo a trabajar.

- ¿Y se puede saber en qué trabaja?

El hombre en blanco y azul se permitió la sonrisa del triunfo: 'esa es de las cosas que no le diré ni con otra docena de mojitos'. En un minuto, sin embargo, lo pensó mejor.

- Es igual. Trabajo para el gobierno cubano. Inversiones. Consultoría económica. Sectores estratégicos. Petróleo, gas, bio-etanol, caña de azúcar, o lo que queda de la caña de azúcar. Empresas hoteleras. Esas cosas. Intento hacer rico al generalato.

- ...Y a usted le quedan las migajas.

- Es que son buenas migajas.

A estas alturas, la ficha antropométrica de Tintín había ido más allá de la constatación de que entre vestirse de lino y ser sospechoso se daba una relación de estricta equivalencia. Pese a ser español, el hombre tenía sobre la mesa un libro de apariencia no inculta. Por concretar más, la gomina espesa sobre el pelo negro le hizo pensar si no sería de Madrid. Era un hombre educado, capaz aún de articular mientras bebía. ¿Qué hacía un hombre así en el bando equivocado?

- Sé lo que está pensando. No es que sea muy castrista, ya me entiende. Pero tengo cuatro niños y la ilusión de que estudien en Suiza.

'Mi vida es recoger migajas', sollozó, pobre Lázaro del Epulón cubano. El cinismo quizá fuera otra de las necesidades de la vida, una variable de la injusticia o -incluso- una de las maneras de hacer más llevadera la injusticia. A esa misma hora, por ejemplo, un pinche de cocina conocido en Cubanacán por su ardor revolucionario, no dudaba en meterse en el bolsillo la sisa diaria de un puñadito de frijoles. Una cosa es la revolución y otra las cosas de comer.

- Castro se muere, ¿verdad?

- En eso hay varias escuelas. A mí hay dos que me convencen por igual. La primera dice que Fidel es eterno y no va a morir nunca. La segunda dice que Fidel morirá, que pondrán un ninot en su lugar y que nadie se ha de dar cuenta. También es posible que pongan el ninot, que la gente lo sepa y que a todo el mundo le dé igual. Fidel es como el ratón Mickey, a todos los efectos.

- Me está haciendo la crónica. Pero quiero saber la verdad de lo que está pasando. Lo que está pasando fuera de este hotel.

La noche se puso súbitamente grave. Hubo un silencio de sones y de estrellas.

- En Cuba todo sigue igual y sin embargo todo es diferente.

Tintín ya tenía el comienzo de su crónica.

****

Aquella noche soñó con Chiquita Banana guiando al pueblo, con cielos coralinos y borrascas de gloria, con un ninot de Fidel Castro que daba órdenes sin bajar de su orinal. Una punta de angustia se anudaba en el pecho de Tintín porque -siempre demorados- los gozos y trabajos de escribir eran incompatibles con su agenda. Presos políticos, mujeres de presos políticos, viudas de presos políticos, exiliados de ida y vuelta, el opositor Horacio Chabás, el disidente Pasionario Mora, el demócrata Abelardo Gómez Calatayud. Añádanse los bigotes corruptos de un par de militares afectos a jugar a la desafección. Esto sería en el Habana Hilton y su bar de la era espacial: hacer beber, fingir no oír, eran -como Tintín sabía- los recursos más fiables de un periodismo que tiene que tratar con la leve naturaleza de los hombres.

En la esquina de su ojo, Fernando Montealto, ya sin linos, se metía en una sala de reuniones -sala Mambí- entre risas y palmadas. Iría a recoger su cuota de migajas. Tintín repasaba las palabras del director de su periódico: "Quiero todos los tópicos. Los niños con uniforme escolar, las putas, las viejas fumando puros, los turistas corruptos, los negros tocando las maracas, los idiotas con la camiseta del Che. ¿He mencionado a las putas? Quiero que huela a mar y a cloaca, quiero que suene un mambo cuando Fidel se muera. Quiero que el lector abra la página y le escupa en la cara una ola del puto malecón." Los directores de periódico confundían la autoridad con la suficiencia y la vehemencia con la grosería pero -para empezar con la agenda- era importante encontrar a Haddock. Pero el régimen ha recrudecido la represión, había que empezar con Haddock o sin Haddock, y Haddock bien podía estar detenido.

****

Haddock, por el contrario, estaba poniendo fin a una noche épica de copas. El porqué de estas cosas sigue siendo algo inexplicable. Había desembarcado en un Yak de Cubana que, a su modo, también hacía pensar en una coctelera; la funcionaria Marisleysis no le puso problema en la aduana; el taxista Oswaldo le había preguntado que si español o inglés, que si chicas o chicos, que si Habana o Varadero. Haddock estaba concentrado en comenzar cuanto antes la cobertura de Tintín, llamando a las casas de los disidentes mientras el disidente salía por la trasera de la casa para encontrarse con Tintín.

Haddock ordenó que lo llevaran al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Eso solía achantar a los taxistas para -a mitad de camino- variar el itinerario y pedir que lo dejaran en su hotel. Haddock miraba las columnas de La Habana como una belleza insostenible. En el viejo Lada, sonaban canciones de amor:

Las flores del jardín se marchitaron.

Lloraron de dolor, por tu crueldad.

Las estrellas y la luna se opacaron,

dejándome en terrible oscuridad.

El caso es que Oswaldo era un hombre muy simpático.

- Yo sé dónde pasarlo bien, amigo.

Oswaldo era un negro con grandes dientes blancos. Haddock no se inmutaba. Miraba las cariátides de La Habana, con los ojos ya vacíos y las sonrisas rotas por el tiempo.

- ¿Un poquito de ron? Este es el país del ron y los tabacos.

'¡Dios de lo Alto!', pensó Haddock, '¿Habrá algo mejor que el ron para esta sed?'

- Bien, pero sólo una copita.

Y probaron ron añejo en el Inglaterra, café con ron en el Telégrafo, el daiquirí del Floridita (donde le confundieron con Hemingway), un presidente en la azotea del Saratoga, un San Cristóbal quince años en el bar del Plaza, el mojito de La Bodeguita (donde le tomaron por Hemingway), un parque central en el Parque Central, un havana special en el Ambos Mundos (donde, por cierto, se alojó Hemingway), un ron de tres años en el patio del Sevilla, un ron de cinco años en el Cohiba, un mulata en el Deauville, donde guarreó con la piña y le dijo a la camarera que no tenía nada que ver con Ernest Hemingway. La noche llegaba a La Habana y la noche prometía. El porqué de estas cosas sigue siendo inexplicable pero -más allá de los misterios de la volubilidad afectiva-, Haddock constataba que Cuba es una isla que da mucha sed. En Miramar, un Relicario Maestro Ronero fue testigo de su foto con un grupo de vascos y vascas a los que hizo creer que era Ernest Hemingway aunque una chica dijo que más bien se parecía a Jon Juaristi.

Aquella noche, el Lada musicado de Oswaldo dio hasta cinco batidas por el Malecón, bajó por Prado, subió por Galiano, bordeó el Capitolio una y otra vez, avanzó por Monte, atravesó Neptuno, cogió Reina, siguió la diagonal de Línea, bordeó la Plaza de la Revolución una y otra vez, bordeó la necrópolis de Colón una y otra vez, corrió por la Rampa, volvió a correr por la Rampa, giró por Diecisiete, viró hacia Calzada, tomó el túnel, cruzó el Almendares y siguió por la Quinta hasta la amplia extensión de Miramar. En la oscuridad, la Nunciatura Apostólica -blanca y amarilla- le pareció un enorme crisantemo. Viejo marino, en el barrio de embajadas reconoció los pendones de Belize y San Teodoro y leyó 'Desordem e Jolgorio' en la bandera del Brasil. La Habana era un caleidoscopio de fosforescencias desde el taxi o a él todo empezaba a darle vueltas.

Se acodaron un momento en el pretil del malecón, frente a los banderines negros de la Oficina de Intereses. Los carteles hacían pensar que el régimen cubano tenía una opinión clara de la administración estadounidense -y su opinión es que eran, en esencia, unos comemieldas. Una estrella fugaz cruzó de oeste a este la redondez del cielo, como si el mundo entero tuviera la anchura del barrio del Vedado. 'Va hacia la derecha', pensó Haddock.

- Pida un deseo, viejo.

Cerraron los ojos y apretaron las manos para desear mejor. Al fin y al cabo, la noche es siempre una promesa.

- ¿Qué pediste, viejo?

- He pedido que puedas vivir en una Cuba libre.

- Yo he pedido por la salud del Comandante.

Haddock vio bailar en el Tropicana, brizado por bailarinas con plumas de marabú y los alientos míticos -aunque fugaces- del alcohol y de la noche. Se vio solicitado por los camareros, dejó aquí y allá un rastro de risas y emociones, de pesos convertibles y propinas de euforia. La Habana inmensa le cabía en un puño y en la Sala Turquino -vértigo arriba de la calle- entendió de un solo golpe lo que era ser virrey. Sentía esa inmunidad de estar ajeno al propio patetismo: por un momento, fijó su atención en un grupo de holandesas moralmente permeables pero después se vio en la circunstancia de bailar la conga con unas estudiantes mexicanas que recorrían Cuba en una especie de 'tour' revolucionario. Una niña monísima, por ejemplo, le hizo saber que la relación entre Cuba y Estados Unidos era asimilable a la relación entre 'Daniel' y Goliath. A Haddock le iban cuadrando muchas cosas.

****

- Soy Jeanette y soy de Holguín.

Jeanette era una gacela con alma y se colgó del brazo de Haddock para entrar en Delirio Habanero, para acompañarle luego a la Casa de la Música, para seguir por el Jazz Café y por el Café Cantante mientras la noche se hacía fría. Muchacha envejecida, demasiado maquillada, amiga de esa flora

nocturna de porteros, con la alegría de las tristezas de la carne y una falda tan concisa que Haddock, simplemente, dio en pensar que no llevaba. En lo alto de La Torre ya llegaba el alba traicionera, con su filo plateado de navaja. Desde la altura, si el diablo le tentara, Haddock hubiese pedido La Habana, tendida ante el mar como una noche de bodas, con el caribe de vaso mezclador, con un reverbero de estrellas y el haz verdegrís de las hojas de la palma. Abandonaron, Jeanette y Haddock, la compañía de los ninivitas, la estantigua nocturnal, el copioso cortejo de fantasmas. En la calle Barcelona aún vieron el abrirse de una faca y la sonrisa amarilla de unos negros. Comieron mariposas en un chino. La lectura más correcta del amanecer es que todo se acaba, hasta la noche.

- Niña, tengo que volverme a mi hotel.

- Adiós, mi amol.

- Adiós.

Y escenificaron un abrazo ante el murciélago de la casa de Facundo Bacardí. ((Continuará))