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Llámase todólogo a la persona que cree saber y dominar varias especialidades. De las tertulias radiotelevisadas han saltado a la terraza del bar.

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Cada vez es más frecuente toparse con gente que habla de todo. De lo que saben y de lo que no tienen la más remota idea. Se calla poco, porque callarse es reconocer que no se es perfecto, ni sabio, ni bello, algo que encaja mal con la narcisista sociedad sélfica en la que estamos inmersos.

Los hay de diverso tipo y en toda clase de situación: desde los geógrafos aéreos que distinguen Daroca o Tafalla volando a diez mil metros de altitud, hasta los aeronáuticos que informan en plena aproximación de que los motores van “descomprimiendo”; los administrativistas que aconsejan al vecino sobre las últimas novedades legales o jurisprudenciales; los médicos que asesoran sobre un ardor y sus cuidados con arroz blanco; o, en fin, los críticos taurinos que deliberan sesudamente sobre la casta del astifino bragado con ocasión de la modesta feria del pueblo. Los recientes juegos olímpicos han descubierto también la existencia de innumerables aficionados al florete por equipos femenino o a la lucha grecorromana de 66 kilos masculina.

La cosa es no quedarse con la boca cerrada, para beneficio de las moscas. La locuacidad insustancial se ha adueñado del personal y cada vez resulta más complicado mantener una grata conversación en la que unos compartan con otros aquello que conocen por profesión, afición o mera inquietud. Aunque te dediques a un quehacer técnico o científico especializado, en el que debas superar cada día múltiples interrogantes que te salen al camino, nunca falta quien te aborda por la calle para charlar alegremente sobre ellos, a partir de las cuatro obviedades que ha debido escuchar en algún lado, posiblemente en otra tertulia de sabiondos.

Saber de todo y opinar de todo es insensato del todo. Por más que nuestros teléfonos nos ayuden a consolidar en directo nuestra erudición superficial o de apariencia, son incapaces de llenar los agujeros -o cráteres- en tantísimos asuntos. En especial, en aquellos que sean objeto de algún estudio reposado.

No se deduce de esto que tengamos que limitarnos a los comentarios de ascensor. De lo que se trata es de evitar pontificar sobre cuestiones que se desconocen, o al menos de hablar de ellas con la prudencia, naturalidad y mesura que impone la falta de dominio competo de las mismas, lo contrario de lo que sucede hoy, en que nos hemos convertido, además de seleccionadores de fútbol y abogados, en los más diversos expertos sobre lo humano y lo divino.

No hablo aquí de quienes poseen una vasta cultura, que son los que por regla general limitan su aparato verbal a lo imprescindible, precisamente por su alta preparación y conocimientos. Me refiero más bien al lenguaraz de la mesa de al lado que no deja de ilustrarnos sobre su ignorancia, al charlatán presuntuoso que todos conocemos y que monopoliza la conversación a golpe de noticias extraídas de revistas de divulgación, o a quien sufre de indigestión de información por internet y tiene dificultades para discernir lo que es importante y lo que es un camelo.

Cualquier asunto, hasta el más prosaico, por descontado que es susceptible de ser tratado con método científico, aunque nos sirva también para mantener amables veladas con los amigos. Lo que no parece normal es hacerlo con temas complejos y mucho menos con ínfulas pedantes, por más que en el último Reader’s Digest haya salido sobre ellos un bonito reportaje a todo color.

Lo dejó dicho de forma insuperable Groucho: “es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente”.

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