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Traspaso alma

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Escribo estas líneas al final de un “puente” vacacional que en Madrid se ha cobrado cuatro días largos de asueto, que han dejado la capital de España convertida en un auténtico desierto y a gran parte de sus habitantes con una sensación agridulce. Lo advierto porque este comentario está inevitablemente marcado por estos hechos.

 

Se ha podido descansar, y mucho, pero hay que ver lo duro que resulta volver al trabajo. Y más que nunca en estos tiempos de vorágine, de horarios ininterrumpidos y de “tú verás lo que haces pero si quieres ascender en la empresa tendrás que dar el callo hasta la extenuación”.

 

De hecho, existe un dato revelador en esa tragedia vivida aquí en Madrid el pasado mes de febrero, en el incendio del emblemático edificio Windsor, y que tiene por protagonista a una mujer, Eva R. para más señas. De profesión, supervisora de riesgos laborales de la empresa Deloitte.

 

Las investigaciones parecen haber determinado ya que la devoradora hoguera comenzó en el despacho de esta señora o señorita, fumadora impenitente. Según su propia declaración –y a esto es a lo que voy-, Eva “abandonó su despacho a las 23:00 horas y lo cerró con llave. Bajó hasta la salida del rascacielos en uno de los ascensores de la torre y salió por la zona de seguridad, utilizando una tarjeta personal, individualizada con su foto”.

 

Es decir, que hay pruebas incontrovertibles de que aquel funesto sábado, una de las jefas de una de las compañías auditoras más importantes del país no le quedó más remedio que echar un buen número de horas en no sé qué expediente de su departamento, que le obligó a dejar la oficina cerca de la medianoche de un sábado cualquiera, de un fin de semana cualquiera. Ahí es nada.

 

Probablemente me meto donde no me llaman, pero no puedo dejar de preguntarme por los conocidos de Eva R., por su hipotético novio, marido, padres, amigos, etc. Si los tiene, claro. Porque con ese ritmo de vida, difícilmente puede uno atender a todas las obligaciones derivadas de cualquiera de esas relaciones personales.

 

Doctores tiene la iglesia y quizá uno tienda a ponerse escatológico cuando le aprieta el sueño o la pachorra, ya digo, tras un espléndido “puente” vacacional. Pero sea de ello lo que fuere, la cosa no deja de tener su interés. Fíjense si no, en el libro que acaba de publicar en Francia una tal Corinne Maier, un auténtico récord de ventas. “Buenos días, pereza”, se titula.

 

Esta obra viene a romper la dinámica de la clásica literatura centrada en el “management” de estas últimas décadas, con la que se ha pretendido sacar más rentabilidad a cada una de las funciones laborales, adaptándolas a los nuevos contextos económicos y sociales.

 

Vaya por delante que el libro de Maier es de un cinismo tremebundo que, al menos el que escribe, no comparte en absoluto. La tesis de la escritora es que no merece la pena “gastarse” por la empresa, ni hacer caso de esos panfletos de autoayuda, literatura endogámica y vacía que se retroalimenta –dice Maier- dentro de cada compañía con vacuas reuniones, informes, dossiers, balances, seminarios y congresos.

 

Al final, la tesis de este curioso opúsculo es que el currante medio debe evitar la confrontación directa con sus jefes y fingir. Fingir todo lo que se pueda “de puertas adentro”, con el fin de hacer creer que se trabaja y dar una imagen brillante ante la superioridad.

 

No convence en absoluto esta actitud que propone Corinne en su ensayo. Pero no deja de ser significativo el enorme eco que ha tenido la obra en el país vecino: la gente está cansada y no le encuentra sentido a un trabajo cada vez más exigente.

 

Una viñeta de El Roto expresaba perfectamente esta idea hace algún tiempo, al representar a un directivo en su mesa de trabajo, con un rótulo que decía “Traspaso alma por no poder atenderla”.

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