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Tribuna libre

La UE, el gambito turco y los kurdos “imposibles de matar”

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Los sondeos sociológicos aseguran que a los europeos no les agrada la perspectiva de recibir el “tsunami” procedente de Turquía

En Turquía se produjeron unas explosiones y aunque nadie ha asumido la responsabilidad, todo el mundo está convencido de que lo hicieron unos kurdos. Lo más probable es que así sea. Desde que EEUU realizó la incursión en el Irak limítrofe con Turquía, la actividad de los kurdos se ha intensificado porque obtuvieron con ello una buena base de apoyo en el territorio iraquí mal controlado. Uno de los más antiguos y menos felices pueblos del mundo, por enésima vez en su historia, ha vuelto a abrigar su sueño del Gran Kurdistán.   Pocas de las naciones representadas hoy en día en la ONU pueden jactarse de tener una historia tan antigua como la de los kurdos, a los que se menciona en manuscritos egipcios, babilonios, sumerios, asirios y urartu. Los kurdos tienen de todo, desde antiguas raíces hasta una singular cultura solícitamente conservada, y son, según diversos datos, de 20 a 30 millones. Menos aquello que poseen hasta muchas islas perdidas en el Pacífico: su Estado. Una parte vive en Turquía; otra, en Iraq; los demás residen en Siria, Irán, Azerbaiyán y Armenia. En algunos de esos países su vida no es mala, pero en la mayoría de ellos es pésima.    Turquía, Irán y Siria, entre otros, al sentir amenazada su integridad territorial, no sienten mucha simpatía por los kurdos, que en algunas zonas son objeto de persecuciones. Por otro lado, al mundo actual el problema kurdo le parece insoluble, y tan explosivo que prefiere hacerle caso omiso.   Cuando éramos unos muchachos aficionados al ajedrez, inventamos la expresión “peón imposible de matar”, con la que definíamos la situación en que un peón atascado en la mitad del tablero servía de estorbo para las demás figuras, pero ninguno de los jugadores se atrevía a tocarlo, porque en seguida se desfiguraría todo el juego y se produciría un agravamiento peligroso de consecuencias impredecibles para ambos jugadores.   Hoy en día los kurdos están jugando un papel parecido: tocar su problema podría suponer que gran parte de nuestro mundo, con su ilusoria solidez, se viniera abajo. Pero lo de seguir menospreciando los intereses de este antiguo y numeroso pueblo equivale a provocarlo, y si no se recibe un adecuado tratamiento, la enfermedad se agrava.   Quizás la parte más interesada en solucionar el problema kurdo sea Europa, aunque al parecer no acaba de comprenderlo. Paso a paso, con todo tipo de salvedades, se prepara el ingreso de Turquía en la Unión Europea. Por supuesto, es cuestión que atañe a los propios europeos, pero no puedo por menos que plantearme algunas preguntas.   No es fácil comprender la lógica por la cual la UE —sin tener consenso todavía sobre la Constitución única, ni unanimidad respecto a la guerra de Iraq y del Líbano, ni sobre el dossier nuclear iraní (baste con recordar la posición mantenida por España)— pone los indicadores cuantitativos por encima de los cualitativos. ¿No sería atropellado abrir de par en par las puertas a Turquía, cuando en su propia casa ora sucede un escándalo de caricaturas, ora se ve envuelto en llamas París, sin hablar ya del terrorismo de facciones obviamente no europeas? Si la Unión Europea hasta ahora no ha logrado elaborar medidas adecuadas para impedir la afluencia de los inmigrantes ilegales, ¿que podrá oponer a un tsunami bien legal?   Los europeos heredarán el “peón kurdo”, que va a complicar constantemente y mucho su vida en el futuro. Primero, si a los kurdos les parece insoportable permanecer en Turquía, podrán dirigirse a Europa. Y si continúan en la primera y prosiguen su lucha por la independencia, a los europeos, tan amantes de la corrección política, no les quedará más remedio que cerrar los ojos ante aquello que los kurdos sufren en las cárceles turcas, o intentar convencer (infructuosamente) a los turcos para que concedan a los kurdos una amplia y real autonomía.   Lo curioso es a que los europeos, si damos crédito a los sondeos sociológicos, no les agrada la perspectiva de recibir el tsunami procedente de Turquía. Por ejemplo, los austriacos están categóricamente en contra. Pero a los burócratas de la UE eso les preocupa poco. Por supuesto, se encuentran rostros preocupados entre la alta burocracia, pese a lo cual las cosas avanzan lenta pero inexorablemente hacia el ingreso de Turquía en la UE.   Sería interesante saber por qué. Yo tengo una versión, pero no me corresponde a mí contarla.