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Últimas definiciones de La Habana

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Al amante de la albada el amanecer le era un dolor y al viajero de La Habana el partir le es desconcierto: buscanos en vano la luz patente, el acento dulce, la brisa por el cuerpo, el flequillo de las palmeras junto al mar.

Buscamos en La Habana de hoy tantas Habanas de otros tiempos con la misma desazón con que el barroco buscaba en Roma a Roma y sólo pudo hacer de las ruinas del foro una elegía. Las declinaciones de La Habana incluían las páginas de La Ilustración Española y Americana, músicas de puerto a puerto, mitologías de indianos, la edad de oro del automóvil, el progreso de la coctelería, una ensoñación de prosperidad, la intimidad asociada con la historia, tantas fiestas irrepetibles de chaqueta blanca y corbata negra. Circulaba el Diario de la Marina. Las compras, en La Época. Y cada noche había espectáculo por la parte de Miramar.

Quede para los urbanistas hacer su elogio urbano y para los arquitectos el recuento de guardacantos y columnas: La Habana definió como ninguna otra ciudad la dulzura de vivir, la concurrencia de elegancias, de la colonia a la belle-époque y del sport al triunfo del decó arquitectónico. ¿Dónde construyó la felicidad una ciudad más vividera? Era la continuidad del gozo y una brisa de edén acá en la tierra. De aquello queda un brillo en vano en los libros olvidados de Hergesheimer, en los olvidados artículos de Foxá. Es 2007 y unos alemanes graban un documental sobre el Arte Nuevo de Hacer Ruinas. Vienen a decir que cada día pierde su rostro una cariátide. Quizás La Habana envejezca mal como dicen que hacen las mujeres del trópico pero el comunismo y el turismo fueron pedriza y langosta sobre la faz de su belleza. Los ojos la miran como si la reconocieran por el tacto.

Tantos años y páginas después, aún podemos fingirnos insensibles al ridículo de escribir sobre La Habana. Entre otras cosas, la literatura de viajes ha muerto como murió el mester de juglaría. Curieux de profession, sin embargo, no puedo estar ajeno a una ciudad donde los barrios bajos tienen calles con nombre de virtudes –Lealtad, Perseverancia- y donde la quincallería urbana habitual llega a ser literatura: “efectos de oficina”, “empresa de desmantelamiento”, “útiles del hogar”. Hay esquinas prodigiosas como Prado con Neptuno: en los peores momentos parecía una ciudad escrita por nosotros cuando como mucho era una ciudad escrita para nosotros. No nos gusta por eso pero –según Stendhal-, hay que atreverse a sentir lo que se siente y habrá que escribir sobre La Habana como los poetas aún han de cantar los equinoccios. Aunque sea en la memoria, hay cosas que es mejor que nunca cambien. ¿Quién dijo que lo esencial es invisible? Ahí está la consecución de la belleza de este mundo, ciudad tan bien plantada, donde hay que planear la rápida gloria de cada crepúsculo y atenerse al gozo de la lluvia primigenia bajo un cañizo con una copa o bajo un portal. Así pueden definirse exactamente tantas cosas, el nudo desligado de los vientos, variaciones del gris por cielos y edificios.

Al amante de la albada el amanecer le era un dolor y al viajero de La Habana el partir le es desconcierto: buscanos en vano la luz patente, el acento dulce, la brisa por el cuerpo, el flequillo de las palmeras junto al mar. Desacostumbrado a la distancia, procuro las continuidades de La Habana en la cava de Cisneros, en el daiquirí de Infantas, en el mojito de la calle Claudio Coello. Levanto la tapa del humidor con nostalgia indefinible, por si encuentro, tal vez, algún significado, un olor de fermentación que me transporte como una prenda sentimental. Para La Habana sueño con un Zara frente al Capitolio y, en Reina, una gran tienda de Vuitton. Inesperadamente, La Habana queda en algún umbral entre la inteligencia, la memoria y el deseo: y al cerrar las ojos uno vuelve a ser quien acariciaba la melena de los leones, allá en Prado.

 

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