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Tribuna libre

Últimos valimientos a Fidel

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Con el quebranto de la salud de Fidel y ante la eventualidad de que este achaque sea el definitivo, han aflorado los escombros de unas voces que aún habitan una ideología en ruina.

Uno creía que la defensa ciega y fervorosa del dictador cubano, al menos en público, ya sólo la practicaba un par de escritores distinguidos con el Nobel, galardón mágico a cuyo socaire la magnitud de un dislate parece siempre más pequeña, aunque no lo sea. Uno suponía que a estas alturas era muy difícil hallar valedores incondicionales del tirano, capaces de hilar un discurso que justificase sin fisuras, con un razonamiento y no con la consigna acartonada, más de cuatro décadas de privación de libertad. Uno pensaba que todo ese tiempo había sido plazo suficiente para desengancharse por decencia de una utopía entreverada de sangre y miseria, como casi todas.   Pero no. Con el quebranto de la salud de Fidel y ante la eventualidad de que este achaque sea el definitivo, han aflorado los escombros de unas voces que aún habitan una ideología en ruina. Quizá con el intento patético de apuntalarse a sí mismas cuando ya todo se ha venido abajo, quizá como tributo a su propia contumacia, exaltan la figura que ha encarnado sus mejores sueños, expurgados de toda pesadilla. La escritora Belén Gopegui —que presentó en Madrid la hagiografía de Ignacio Ramonet sobre Castro— publicaba este jueves en El Mundo un artículo en el que se traslucía de forma inequívoca el prurito de «excogitar», según el sentido que, al decir de Glucksmann, otorgó a la palabra Jacques Maritain. Esto es, la autora no sólo permanecía mentalmente ciega a las realidades censurables de la autocracia caribeña, sino que implícitamente negaba la mera posibilidad de que tales realidades existiesen.   Tras el recurso algo vergonzante a varias citas ajenas para ofrecer otras tantas visiones no convencionales de la situación en Cuba —ya se sabe que somos lacayos del imperio, también en lo informativo—, Gopegui nos ofrecía su opinión del socialismo ortodoxo con un argumento cuya claridad se agradece: es cierto que allí el sueldo sólo da para los gastos básicos, pero ¿acaso la dignidad consiste en comprar? Pues no necesariamente, claro, estamos por contestarle. Pero entonces, ¿qué pintan en el mercado las novelas de esta señora? ¿Por qué no las regala? Y en todo caso, si la dignidad no reside en el consumo, ¿dónde hay que buscarla? Será en el estoicismo de un pueblo que desde hace más de cuatro décadas viene sufriendo la pobreza y los excesos del régimen —el chivatazo, la persecución, la tortura, el ajusticiamiento—, que ni siquiera encontraron una breve mención de pasada en el artículo. Valimientos como estos últimos a Castro son los más penosos, porque además de desechar evidencias acumuladas trascienden a panegírico funeral.