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Uomini d’onore

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La mafia siciliana es un fenómeno tan abracadabrante que a veces cuesta percibirla como lo que es: una banda de malhechores que extorsiona y mata.

La mafia siciliana es un fenómeno tan abracadabrante que a veces cuesta percibirla como lo que es –una banda de malhechores que extorsiona y mata– por lo que en ella subyace teóricamente de señorío. Si no se moviera en unas coordenadas reales, si no exigiese en Palermo y en tantos otros municipios de la isla meridional italiana el pizzo para financiar sus actividades ilícitas por todo el mundo, si la tumba del juez Falcone no tuviera que permanecer bajo vigilancia de los carabinieri y evitar así –todavía– ensañamientos póstumos, podría llegar a pensarse que la onorata società no constituye sino la feliz invención de algún hábil escritor o guionista. Pues ya se trate del rudo campesino de Caltanissetta o del ejecutivo venido a más en Brooklyn con sus trapacerías, el mafioso presenta unos rasgos que son muy sugerentes para construir sobre ellos la estructura de unas cuantas narraciones eficaces.  

De hecho, la Cosa Nostra ha servido de base para la aparición, desarrollo y apoteosis de sendos subgéneros, literario y cinematográfico, que en cierta manera tienden a la idealización más que a la denuncia. A partir de ahí, ha surgido incluso un discutible elenco de suvenires –que las autoridades locales, natural, desaconsejan–, de modo que en Sicilia venden camisetas con un logo de la mafia como en Baviera lo hacen con el de BMW, o en Andalucía con el de Fino Quinta. Tipismos del lugar. El decálogo hallado a Salvatore Lo Piccolo, el capo detenido hace unos días, ayuda bastante a comprender cómo es posible que se haya estilizado y hasta codificado estéticamente, con un lenguaje y una representación bien reconocibles en cualquiera de sus modalidades, esa cruenta criminalidad tan del terruño.

La prohibición de prestar dinero –si no es por un intermediario– a un amigo, de mirar a su mujer, de zascandilear por tabernas y círculos sociales, o el requerimiento para la disponibilidad, la puntualidad, el respeto a la esposa, la confesión de la verdad, la intangibilidad de otros clanes y el miramiento a la hora de admitir nuevos miembros en la familia, todo ello jurado sobre una estampa de la Madonna en un ritual sellado con sangre y fuego, constituye –haciendo abstracción de los fines delictivos que pretenden encubrirse– un modo de conducta que asombra por su integridad aparente. Si a ello unimos el aroma inmemorial que desprenden estas prácticas en la era del relativismo y de Internet, surge un pastiche en el que los uomini d’onore tienen asegurada una admiración que no me merecen, pero que sí saben suscitar con sus adhesiones a la lealtad y a la tradición.

Ojalá fueran sólo una sociedad gastronómica.