Martes 06/12/2016. Actualizado 01:07h

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Tribuna libre

Usted es un enfermo patológico

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Todos somos unos enfermos patológicos. Yo en primer lugar soy drogadicto: fumo un paquete de tabaco al día, y si en algún momento me veo privado de un cigarro me torno histérico, irascible e insoportable. En situaciones extremas he llegado incluso a robar tabaco. Se trata claramente de una patología. Me van a disculpar que, por pudor, no siga abriéndoles mi corazón para relatarles todas mis neuras, que son muchas. Si cada uno de nosotros acudiéramos al psicólogo o al psiquiatra para pasar una simple revisión –al igual que lo hacemos con cierta regularidad con el dentista- seríamos víctimas de un diagnóstico que nos convertiría en susceptibles de tratamiento.

 

Mi amiga Almudena, por ejemplo, tiene un complejo de inferioridad que la convierte en una persona insegura y le dificulta establecer relaciones personales en ciertos contextos sociales. Mi vecino Pedro es un soberbio y un déspota, y en algunos momentos no se aguanta ni a sí mismo. Un compañero de la universidad –Ernesto para más señas- no soporta la soledad y si se ve sometido a esta situación durante un par de horas, se hunde y le da por comer compulsivamente.

 

Aurora tiene miedo a la oscuridad y duerme siempre con la persiana subida e incluso algunas veces con la luz encendida. Andrés sufre incontrolables ataques de histeria que no puede reprimir de ninguna manera. Fernando padece depresiones y en ciertas temporadas se ha encerrado en su casa con unas irrefrenables ganas de morirse. Ana no acepta su cuerpo –es bastante ancha de caderas, por decirlo suavemente- y en ocasiones se obsesiona con esta cuestión.

 

De manera más grave o más leve, muchas de las personas que me estén leyendo pueden reconocerse en alguna de estas situaciones. Fobias, manías, tendencias… que si bien muchas veces nos hacen sufrir, aprendemos a convivir con ellas y las asumimos sabiendo que la felicidad total no existe. Son patologías que podemos encontrar descritas con todo lujo de detalles en cualquier vademécum de psiquiatría o psicología. Todos sufrimos algún tipo de estigma, todos estamos enfermos de algún modo y nadie por calificar alguno de estos síntomas de patología ha sido denunciado judicialmente por un parlamentario de Izquierda Unida.

 

Tengo también un amigo que descubrió que sentía cierta atracción sexual por los hombres. Pudo haberlo aceptado, como lo aceptan muchas personas con las que solemos tratar cotidianamente, y procurar vivirlo con normalidad. Él no se sentía a gusto y decidió someterse a un tratamiento que desembocó en un comportamiento heterosexual. Ahora le gustan las chicas más que a un tonto un lápiz.

 

Todos deberíamos ser libres para aceptar o no nuestras “desviaciones de la norma” y me parece de sentido común que la norma, en el aspecto que nos ocupa, sea la complementariedad sexual hombre y mujer. Aceptar, asumir e incluso alardear de nuestras singularidades –la homosexualidad es una excepción aun en el caso de que fuera cierto que un 10% de la población es gay o lesbiana- puede ser algo muy sano o en cualquier caso respetable. Tratar de poner fin a una circunstancia vital que nos angustia debería ser también digno de admiración.

 

Negar la evidencia es gratis, además de una estupidez. Que existe una amplia literatura científica contemporánea sobre tratamiento de la homosexualidad es un hecho indiscutible. Que existen miles de psiquiatras respetables en el mundo –de toda tendencia, ideología o color- que se dedican a ofrecer tratamiento a homosexuales es un hecho innegable. Que una gran mayoría de homosexuales que no aceptan esta tendencia se someten a tratamiento y desembocan en comportamientos heterosexuales no es opinable, es totalmente contrastable.

 

Si el problema es que no queremos llamarlo patología, pues llamémoslo virtud, no pasa nada. El cambio de nombre no varía la realidad. Ok. La homosexualidad es una virtud. Repitamos todos juntos cien veces: “la homosexualidad es un virtud”. Pues bien, después de haberlo repetido cientos o miles de veces seguirá existiendo literatura científica sobre tratamiento de la homosexualidad, seguirán existiendo miles de psiquiatras que ofrecen terapia a homosexuales que deciden no aceptar esta tendencia, y seguirán existiendo heterosexuales que en un momento anterior de su vida fueron gays.

 

Señores y señoras escandalizados y escandalizadas por las afirmaciones de Polaino, sean ustedes más abiertos de mente. Atacándole a él estamos atacando la libertad de los homosexuales que no aceptan su condición y deciden someterse a tratamiento. Se trata de una opción tan digna de respeto como la del gay que decide subirse la carroza del día del orgullo. ¿O es que sólo existen los gays que saldrán a la calle el sábado? Si esto es así, muy alejados estamos del 10% del que hablan las estadísticas.

 

Hay muchos homosexuales que no desean aceptar su condición y se someten, libremente, a tratamiento. Muchos –mal que le pese a algunos sectores intransigentes del lobby rosa- consiguen cambiar sus inclinaciones gracias a la ayuda y las investigaciones de miles de médicos como Aquilino. Libertad para todos. ¿O pretende el Consejo de Ministros legislar la obligatoriedad de la salida del armario?