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Vaivén domiciliario

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La rama juvenil de la crisis. El seguimiento informativo de las desventuras de este grupo de edad se ha convertido en un subgénero muy frecuente de la crónica general del cataclismo.

La rama juvenil de la crisis. El seguimiento informativo de las desventuras de este grupo de edad se ha convertido en un subgénero muy frecuente de la crónica general del cataclismo. Recurrencias fatales. Ese paro que, por encima del 50% como está, ya no es paro sino parísimo. Y esa emigración a Alemania como un atavismo hispano, generación sí, generación no. Si Mallorca es por peso demográfico e influencia germana el llamado decimoséptimo Land, ahora acabaremos convirtiendo su país, entero, en nuestra vigésima (incluyo Ceuta y Melilla) Autonomía. Y esas hipotecas cuesta arriba como la piedra de Sísifo que vuelve a caer ladera abajo cuando empieza cada mes. Y esos ninis que van escribiendo sus biografías sin título, sin titulación, porque ejercen el ya en sí extenuante oficio de vivir: amanece, que no es poco. Y ese ir de la casa paterna al cubil en alquiler, y ese volver porque hasta el cubil acaba siendo inasequible.

Y de nuevo la tendencia inversa, sorprendente. Según un estudio de la Fundación La Caixa, entre 2007 y 2010 ha bajado el tanto por ciento de españoles de dieciocho a treinta y cuatro años que viven con sus padres. Pero entonces ¿adónde vamos? (Utilizo este plural con avidez, apurando el penúltimo sorbo de juventud porque dentro de menos de un mes llego a la edad máxima contemplada en la estadística.) ¿Adónde vamos, si no tenemos trabajo, y si lo tenemos es movedizo y pagado escasamente? Pues supongo que nos vamos a Alemania, pero como estos no sé si aparecemos reflejados en el estudio, estamos esos otros que nos quedamos para emanciparnos solos o en pareja, con lo justo para los gastos corrientes y haciendo outsourcing ventajosos de comida, lavandería y acaso tarifa plana en la casa matriz. ¿Solos o en pareja, he dicho? También estamos aquellos otros que nos integramos en un piso patera, emigrantes venidos del barrio de al lado para compartir, en partes alícuotas de renta, el sueño de la libertad doméstica, que consiste en oír la voz de la conciencia —si la oyes— dentro de ti y no fuera, con el timbre y el tono de la de tu madre.

Vaivén domiciliario, del nido familiar al nido propio, con repliegue de nuevo al primero y hala, a levantar el vuelo otra vez. Cómo no vamos a ser la generación IKEA. Si usásemos robustos muebles castellanos no ganaríamos para mudanzas, aparte de que tampoco tendríamos dónde meterlos. En las casas de toda la vida ya hasta el colchón está por los suelos: una de las causas que parecen explicar en parte ese curioso fenómeno de la segunda emancipación del joven es que el conjunto de recursos de los padres —el colchón— ya no aguanta tanto peso. En casos extremos de penuria se ha seguido la línea ascendente en la dependencia económica, y hay padres que ya no solo son incapaces de seguir manteniendo a sus hijos, sino que viven en gran medida de las pensiones de los abuelos. Como para no actualizar su poder adquisitivo, a pesar del déficit, con la de bocas que alimentan.

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