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Vaya memez

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Un partido y unas pretensiones que –independientemente de que se consigan o no- son una memez absoluta

Lo había dicho la víspera el Lehendakari Ibarretxe: Es un partido oficial, oficial con todas las de la ley y, por tanto, entrañable. Naturalmente se refería al partido de fútbol que jugaron las selecciones autonómicas o regionales o como quieran llamarlas de Euskadi y Cataluña.   Pues, hombre, de oficial nada de nada. Un partido ni siquiera amistoso. Más bien habría que hablar de “partido jocoso”. O sea, una risa. Y en cuanto a lo de “entrañable” por ser “oficial”, aún tiene más gracia. Un partido de fútbol oficial, es decir, de competición, en el que los equipos se juegan una clasificación o una liga o una copa, es evidente que de entrañable tiene poco, y si no que se lo pregunten a los cabezazos, codazos, patadas, insultos o lesionados que suele haber en ese tipo de partidos. Es cierto que Ibarretxe, obsesionado por los femeninos y los masculinos del idioma, no está demasiado ducho en eso de adjetivar competiciones futbolísticas, pero eso de que es oficial y por consiguiente entrañable es un pelín fuerte.   Pero nada comparado con la que se montó en el Nou Camp –ocupado en la mitad de su aforo- con un público que convirtió el partido oficial entre dos selecciones nacionales con sus himnos nacionales y todo en un festival antiespañol, separatista y politizado al estilo dramático de “puta España”, “español el que no bote” y demás lindezas aprendidas en las candilejas de cualquier escenario de salón de actos sindical. Una cosa fina, con “elegantxia” y seny.   Y lo mejor de todo fue que la competición estaba autorizada por la Real Federación Española de Fútbol. Claro que, con la que le está cayendo encima a Villar, no es de extrañar que no esté para matices.   Y coincidió todo, incluida la petición de “presos a la calle”, con el final de la huelga de hambre de De Juana Chaos, que uno pensaba verle por el Nou Camp con un bocata de chistorra y de butifarra.   Un partido y unas pretensiones que –independientemente de que se consigan o no- son una memez absoluta. Intentar que unas determinadas regiones españolas tengan selecciones “nacionales” propias supone una tontería de un enorme calibre. Y hasta Maragall -que estaba encantado a pesar de llegar tarde al evento- dijo, “entrañable” él, que esperaba que las selecciones de Cataluña y de Euskadi se encontraran en un mundial y hasta en la final. Este hombre es que es de una fantasía arrolladora.   Dicen los que lo vieron que las dos televisiones autonómicas – TV3 y ETB- estaban con el trasero licuado, venga a repetir eso de “selecciones nacionales e himnos nacionales”. Otros medios tuvieron que hacer equilibrios y era de escuchar -por ejemplo- a Oliveros en el Carrusell de la SER –enhorabuena, Pepe Domingo, por ese magnífico libro- hacer filigranas para contar “al resto del Estado” eso de “nacionales”. Y unas veces eran himnos nacionales y otras selecciones autonómicas y otras ni se sabe. Un trago contar aquella memez desde una emisora que se escucha en toda España.   Pues nada, otro “acontecimiento histórico” en la historia de ambas “naciones”.