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Verdades y verdades

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En España estamos demasiado acostumbrados a esas mentiras que consisten en cambiar los hechos, en llamar negro a lo que es blanco, en negar empecinadamente la realidad

En la vida política, las verdades y las mentiras son moneda de cambio frecuente. No se dice la verdad o se dice a medias, se miente abiertamente, se engaña y se finge. Todo forma parte de una especie de pacto general en el que parece que todo vale para lograr lo que uno se propone.

También hay gentes que van con la verdad por delante y que se esfuerzan en mantener una hoja de servicios limpia de polvo y paja. Son los menos, pero los hay, aunque es cierto que la propia dinámica de la cosa pública no es demasiado propicia a la sinceridad, al decir abiertamente lo que se piensa y a intervenir en política sin tapujos y sin tener nada que ocultar.

También hay –al menos debería existir- un acuerdo entre todos para que quien miente, oculta o difumina la verdad e intenta beneficiarse de esos ocultamientos, sea rechazado del cuerpo político como un elemento extraño.

Mentir ocultando la verdad es grave; mentir tergiversando la realidad también y la propia sociedad lo castiga con el apartamiento fulminante.

En España estamos demasiado acostumbrados a esas mentiras que consisten en cambiar los hechos, en llamar negro a lo que es blanco, en negar empecinadamente la realidad y en ocultar esa misma realidad con toda clase de subterfugios. Grave y más que censurable.

Pero hay otro tipo de verdad que puede escribirse con mayúscula. Hay una serie de verdades que vertebran una sociedad y que no dependen de una mentira que las niegue o que pretenda cambiarlas, sino de la propia naturaleza de las cosas. Verdades que son la esencia de cualquier sociedad y que negarlas es algo mucho más grave que una mentira, puesto que se está atacando a la sociedad -y a quienes en ella viven- en sus propias raíces.

Son verdades fundamentales, básicas, esenciales. Tienen que ver con la propia naturaleza del hombre como ser social, su derecho a la vida, su derecho a la libertad, su derecho a opinar y su derecho a creer.

Son verdades que atañen al derecho de los padres a decidir la educación que quieren para sus hijos, a los ancianos que quieren ver su vida garantizada hasta su final natural, a los jóvenes que quieren que se proteja su derecho a ser macho y hembra con todas sus consecuencias.

Son derechos que tienen que ver con el matrimonio, único e indisoluble, que ese macho y esa hembra quieren contraer para formar una familia. Es el derecho de la propia familia a la protección y a la formación de sus miembros tal y como cada uno la entiende.

Es el derecho de cada persona a poder expresar públicamente sus ideas morales o sus creencias religiosas sin tener que recluirse en sacristías o en ghetos discriminatorios.

Son verdades que están muy por encima de idearios políticos, de partidos o de ideologías del momento, que son ajenas al progreso o a la tradición.

Son verdades que hay que defender con independencia de las que -en cada momento y en el día a día- son convertidas en cosas y en hechos distintos.

Son verdades que habría que escribir con mayúscula y sin respetar las cuales, una sociedad debería considerarse enferma.