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Tribuna libre

Vetustas españolas

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Tiene la atribución heráldica de muy noble y muy leal, el urbanismo generoso de las plazas mayores y las ruinas de un castillo que habla de la lucha contra el moro pese a los esfuerzos multiculturales de la concejala socialista.

Los poetas cantaron su frío plenilunio y un soldado francés burló famosamente a las muchachas que salían al balcón por dejarse cortejar. Fue lugar de mercadeo para exportar lanas a Inglaterra y de eso queda una armonía en piedra vieja que explica, con demasiado énfasis, el erudito archivero de la población. A finales del XIX, el centro urbano dio paso a un breve ensanche burgués del mismo modo que la nobleza local cedió su importancia en favor de las hijas de los médicos especialistas y los comerciantes de géneros selectos.

Son todas las vetustas españolas, resumidas en la capital de tercer orden de Ángel María Pascual, valederas para un viaje de domingo, con visita al museo-sacristía en cuya puerta cuelga la última pastoral del señor obispo de la diócesis. Imágenes del tiempo, banderas sin colores penden de las farolas desde la fiesta del santo mártir patrón de la ciudad, de venerables huesos. Al caer la tarde llega el tedio provinciano y alguien entra en el bar Copacabana a tomar un café. Los cines, en cambio, se llaman Independencia o Avenida, y hay hotelitos de novela de adulterio, y unos negros ociosos en el Parque de la Diputación, y bares de las afueras donde se ve un partido de segunda división (Eibar-Las Palmas), y un paseo junto a la muralla para pasar la tarde económicamente, y un obrador de pastelería reputado, y una plaza con terrazas donde en verano toman horchata las familias. Unos novios se dan la mano en la suposición de que los enamoramientos convencionales serán matrimonios felices.

No faltan la delegación de Hacienda, el Banco de España ni la Gobernación Civil pero la plaza del Generalísimo ya es la plaza de la Constitución. También suele haber un río, un puente de romanticismo algo anacrónico que en invierno hace una bonita postal de frío y niebla. El turista ocasional compra embutidos del país y come en un restaurante regional que –en palabras de los Eagles- puede ser el cielo o el infierno. Y al volver, las luces de la M40 se confunden con la lumbre de la casa y la íntima felicidad de los domingos.

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