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Víctimas con rencor

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El 11 de marzo, España sufrió el atentado terrorista mas brutal de su historia, con un saldo de 192 personas muertas y casi 2.000 heridas. El impacto sufrido por dicho atentado todavía no ha sido superado ni, lógicamente, por los familiares de quienes perdieron la vida en aquella fatídica mañana de jueves de hace nueve meses. Y eso, a pesar de que los españoles saben muy bien lo que es sufrir los embates del terrorismo. Desde hace casi cuarenta años ETA lleva golpeando a todos los estamentos que considera sus “enemigos” hasta alcanzar la macabra cifra de 817 personas asesinadas. Militares, miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, jueces, periodistas, políticos de partidos constitucionalistas, empresarios, ciudadanos sin una adscripción política determinada, niños, han sido los “objetivos” de la banda terrorista. Durante bastantes años, la sociedad española en general, las Instituciones, los Gobiernos de turno, fueron bastante cobardes a la hora de mostrar su apoyo a las víctimas de los atentados etarras. En muchas ocasiones, -sobre todo cuando las víctimas eran miembros del Ejército, de la Guardia Civil o de la Policía Nacional-, sus funerales en el País Vasco eran casi clandestinos y una vez acabada la ceremonia religiosa, el féretro era sacado por la puerta de atrás, montado en el coche fúnebre y enviado a su lugar de origen, fuese este Extremadura, Andalucía, Asturias o cualquier punto de España. Esa situación cambió sustancialmente a raíz del asesinato a cámara lenta del joven concejal del PP, Miguel Angel Blanco, en julio de 1997. El denominado “espíritu de Ermua” no fue otra cosa que la rebelión democrática de las víctimas que gritaron alto y claro un ¡Basta ya¡ que todavía resuena en las calles de todos los puntos de España donde se celebraron en aquellos días cientos de manifestaciones y concentraciones. A partir de aquel instante toda la sociedad fue consciente que las víctimas del terrorismo merecían otro trato. Aunque fuese imposible devolverles lo que les había sido arrebatado por la violencia, al menos tenían que sentir que no estaban solas, que podían contar con el apoyo, el afecto de todos los españoles de bien, así como con la ayuda de las diferentes Instituciones. Esto ha sido así, salvo la excepción, triste y lamentable, del Gobierno nacionalista de Ibarretxe —apuntalado por la Izquierda Unida de Llamazares- que sigue mostrando una equidistancia y frialdad respecto a las víctimas bastante repugnante. Todo lo anterior viene a cuento de algunas actitudes que se observan en algunas de las víctimas del atentado del 11-M. El día que compareció el ex —Presidente Aznar ante la comisión parlamentaria que investiga aquel atentado, un grupo de familiares de algunas de esas víctimas se concentraron ante la puerta del Congreso de los Diputados esgrimiendo sus manos pintadas de rojo, simbolizando sangre, y con carteles que rezaban “Aznar culpable”. No contentos con eso, la nueva presidenta de una Asociación que agrupa a un número reducido de esas víctimas, Pilar Manjón, dirigiéndose a los simpatizantes del PP que también se concentraron en las cercanías del Congreso, les espetó lo siguiente: “a las 7,30 de la mañana del 11 de marzo los fascistas que han venido a provocarnos no iban en trenes, les llevaba a clase su papá en el Audi”. Sencillamente lamentable. No quiero pensar que todas las víctimas del 11-M razonen de la misma forma que la Presidenta de esta Asociación. No quiero pensar que el PSOE o IU estén manipulando a algunas de esas víctimas para seguir atacando al anterior ex —Presidente del Gobierno y a su partido, aunque haya algunos indicios de ello. Las víctimas de ETA han sido siempre un ejemplo para todos los españoles. Un ejemplo de entereza moral, de dignidad humana, de saber quien era el único responsable de su desgracia. Algunas han perdonado, otras no y es humanamente entendible. Pero nunca han destilado odio o rencor hacia los poderes públicos, hacia los responsables que de un signo o de otro ha tenido el Gobierno de España y que, con mayor o menor acierto, han hecho siempre lo posible por acabar con la banda terrorista. Sólo cabe desear que ese grupo de víctimas del 11-M no se dejen dominar por el odio y el rencor hacia quienes gobernaban España el día de la masacre. Ese sería un camino equivocado y a la larga, muy perjudicial para todos. Como también cabe esperar que quienes tengan la tentación de manipular ese dolor para conseguir supuestos réditos políticos, desistan de tan aborrecible práctica.