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Tribuna libre

Vinos del Duero y del Douro, moscateles, escritores deprimidos, exnovias, abril en Portugal, hipotecas y retornos

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El aire se serena y se viste de hermosura y luz no usada cuando tenemos la idea alegre de ir a Horcher. Pudo estar en Tallin o en Riga, en Lisboa o en Berlín: en cambio está ahí, en el Retiro, a un solo brinco elegante de la Puerta de Alcalá.

DUERO INTERNACIONAL. Feliz, feliz río Duero que ensancha Castilla, que ciñe y desciñe los míticos trigales y saluda a los viñedos desde Soria hasta el Atlántico. El Duero es vinífero donde el Tajo era aurífero. Tiene a un Machado en vez de Garcilaso pero lo que le faltan son las ninfas tágides. En el mercado ya hay dos vinos ecuménicos, diplomáticos, con uvas de la margen española y la margen portuguesa. Se servirán en las cumbres bilaterales –‘cimeiras’ en argot- para comprobar que el cauce espiritual del iberismo al menos ha llenado unas barricas. Bebiendo se entiende la gente.

MOSCATELES. Moscatel de Rivesaltes y de Samos, moscatel de la Axarquía, moscatel de la Marina, de grano menudo, de Alejandría, de Cariñena (una rareza), de Navarra, del Douro, de Pantelleria, de Jerez: el Douro y Navarra quedan lejos pero de una sola uva podría colacionarse tanta civilización, tanto mediterráneo. Es peor el seco que el dulce: el seco es femenino y sencillo y aromático y casa bien con el arroz; el dulce es ideal para cremas y vainilla, repostería y hojaldres. Tiene el recuerdo de agrado de los cítricos y el balsámico laurel y –en ocasiones- un poco de brisa de mar sin merenderos. Valga como glorioso vino para la media tarde: mojar bizcochos está considerado de buen tono. Desde aquí hacemos votos para recuperar esa excepción del moscatel atlántico –el moscatel ‘roxo’ de Setúbal, de tierra de naranjas y mayor untuosidad, última palabra de una comida que comience con Bucelas como en las novelas de Eça de Queiroz, aunque la literatura sea casi siempre adobo innecesario.

AMIGO ESCRITOR. Nos quejábamos con amargura y vehemencia de la vida cuando aterrizó en la mesa un magret de pato para hacernos un mentís de comicidad y moraleja. No sólo hay que ser un gourmet de las desgracias. Este amigo novelista vive ahora cabizbajo, quizá de tanto éxito porque el éxito tiene también sus servidumbres: nada que no solucione una semana de autocompasión. Llevó una vida entre Conrad y Baroja y ahora ejerce de periodista de opinión y escritor en zapatillas; él, que se figuraba el paraíso bajo la especie de una discoteca. Ahora le publican sus cuentos, le publican sus columnas en un diario de tirada nacional, dentro de poco le reconocerán las lectoras septuagenarias por la calle. Amigo Méndez: la única crisis que te recuerdo fue tu iniciación a la ornitología, con los prismáticos en la terraza para mirar los pájaros. Contra misantropía, coctelería, que cualquiera tiene lances que olvidar.

HORCHER. El aire se serena y se viste de hermosura y luz no usada cuando tenemos la idea alegre de ir a Horcher. Pudo estar en Tallin o en Riga, en Lisboa o en Berlín: en cambio está ahí, en el Retiro, a un solo brinco elegante de la Puerta de Alcalá. Compite en poder con Club 31 –gran acuario del desarrollismo- pero en cocina gana siempre. Últimamente lo ha redescubierto el estamento de los riquísimos polancos, sensibles por fin a las porcelanas de Meissen y al armagnac del año 22. Es tal vez el único sitio donde la elegancia conlleva que la carta esté la mitad en francés, la mitad en alemán. Allí las ostras saben más que nunca a beso de sirena y un aperitivo de ostras -¡otra docena!- desluce en su excelencia cruda la sabiduría del chef más esforzado. En ese sentido, constituyen una fatalidad gozosa a la que volvemos y volvemos: la próxima vez, las tomaremos con vino amontillado y sonarán por el paladar escalas de armonía. Tras Horcher siempre puede uno fumarse el puro en el Retiro, donde los pájaros se arrullan y ya toman el sol las primeras turistas alemanas.

LISBOA. Pour un sentimental, / l'amour existe-t-il / ailleurs qu'au Portugal / en Avril. De Guzmán el Bueno a José María Aznar ha habido grandes españoles pero a Lisboa sólo enviamos compatriotas en chancletas. Colonia comercial, Lisboa es ahora un urbanismo que orbita en torno al Corte Inglés: el progreso más visible es que los suicidas tienen ya dos puentes y pueden elegir. Pese a todo, la baja pombalina es la baja pombalina, y Pombal –tan poco católico- está entre las mayores inteligencias políticas que vieron los siglos: a tanta arrogancia se le quedaba pequeño Portugal con todo su ultramar. La primavera es retozona por la torre de Belem y  en Tavares el pan de oro cae del techo a la ensalada sin que a uno le cobren sobreprecio. Excursión de un día con la ex novia, que conduce como un ángel de la guarda y tiene la obsesión de comprarse un cache-col. En estos casos es difícil saber cómo va uno a reaccionar: al final, uno tiene la imprevisible reacción de un jabalí. ¿Cómo es posible, yo que pago el diezmo del comino y de la ruda, yo que soy un hombre justo, y tengo mi deleite en la música de arpa y por las noches leo a Hobbes? En su inocencia perpetua, no sabe que sus meros pantalones –perfección de la volumetría- me hacen daño. Es un gemido reproductivo y esencial: belleza ajena al tiempo, de pelo rubio tardogótico y ojos que por la tarde son de azul lacustre y por la mañana son piscinas que brillan al sol de Beverly Hills. Era una felicidad con sentido y razón, buena para envejecer como ciertos oportos y ciertos matrimonios, buena también para fardar –siempre es importante- de pasear con la más guapa. Ella viene y se va con el rastro material de caramelos y de chicles, gafas de sol, manías sólo suyas, cacao para los labios y pañuelos de papel…

LA EXNOVIA. Llega un momento en que el amor culmina su ciclo razonable, lógico y natural y por lo tanto se acaba. Este trance, este acabamiento, puede ser un tango pero es más habitual que sea un alivio. Curiosamente, el amor es de las pocas empresas donde el fracaso tiene mil explicaciones y el éxito tiene –por contra- algo abiertamente milagroso. En fin, el diablo agita la cola y el misterio pierde misterio, su calle es una calle cualquiera, hacemos espacio para mensajes en el móvl y profanamos los restaurantes donde una vez nos sonreímos ante una lubina. Las fotos alegres se guardan en el cajón de la vergüenza y poco a poco nada nos recuerda a ella. Las frambuesas se han vuelto cenizas y la vieja pasión es como una canción que ya nos cansa: adieu, adieu; yo a Manhattan y tú a Marina d’Or. Ante todo, ‘pas de sentiment’. El amor termina y al día siguiente hay que irse a trabajar porque el trabajo, en cambio, no termina. La sensación es despojarse de una felicidad que no era nuestra. Contra las fatigas del corazón siempre corre el olvido favorable y repasar a los estoicos da más placer que ese cine un poco triste de la tarde del domingo.

FIRMAR LA HIPOTECA. El orden y las coherencias de la vida exigen una infancia arropada y feliz, unos años de necedad adolescente, más años de necedad postadolescente, el trabajo que –al final- nos centra y nos aúpa y nos deja la sensación de no llevar una existencia del todo ornamental. Como siempre, la vida, la realidad, es más conservadora que nosotros y todo se resuelve en un ir y venir de bodas y de entierros mientras pasan los años y los desengaños y la melancolía se mezcla con la sabiduría en coincidencia cordial. Con suerte, uno se muere cuando morirse casi empieza a apetecer. El orden y las coherencias de la vida implican que, al doblar los veinticinco años, uno vaya al banco a pedir una hipoteca por mucho que no nos guste pedir nada. Después llega la visita al notario como quien va al médico de la propiedad. El banco nos ha previsto una vida previsible y accede a dejarnos un saco abstracto de dinero aunque mi opinión personal es que hacen mal. Firmo la hipoteca con la sensación de que sólo me queda reproducirme y morir, con pálidas nostalgias de una vida de libertad y nomadeo, como si hubiese que decir adiós a tanta juventud, a tantas cosas.