Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

¡Viva el periodismo!

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Un destacado comunicador, muy conocido, cuyo nombre y rostro resultan familiares a todos los españoles, reciente responsable de medios informativos nacionales al máximo nivel, ha afirmado, en unos cursos de verano que él “no necesita periodistas”.

 

En síntesis, su argumentación fue: a mí, como Director de Informativos, no me hacen falta periodistas en la Redacción. Yo lo que quiero es gente que “cuente bien las cosas”, porque, luego, respecto a lo que hay que contar y cómo, eso lo decidiré yo.

 

Confieso que me he sentido escandalizado. Y muy preocupado. Sobre todo porque compruebo que no se trata de una opinión aislada, sino que otros están repitiendo la misma o parecida reflexión.

 

Vamos a ver. Siempre hemos pensado –y así nos lo han enseñado en la Facultad- que el oficio de periodista comprende tres cometidos básicos. Primero, buscar la información. Después, procesarla, es decir, entenderla, enmarcarla en sus contextos para descubrir todas sus implicaciones. Y, finalmente, ponerla en circulación de forma eficiente, darla a conocer de modo inteligible para los ciudadanos. Yo sigo pensando así.

 

Si amputáramos el primero de los pasos, es decir, si no existiera la tensión por saber lo que ocurre, todo lo demás sobra. El resto sería, sin más, invención, teatro, comedia o incluso tragedia.

 

La misión del periodista –no haría falta recordarlo- es contar la realidad; lo cual exige conocerla. Algo que no se compadece con la actitud de vivir encerrado en una redacción, escrutando páginas webs y teletipos, esperando a que lleguen notas oficiosas de prensa y comunicados de gabinetes de comunicación, o, todo lo más, acudir a unas ruedas de prensa en plan taquígrafo mudo, que toma nota o graba, no pregunta, y después transcribe. Por no aludir a esas llamadas telefónicas de los que mandan, indicando por dónde hay que enfocar la información.

 

Al contrario, el periodismo tiene como misión descubrir la verdad de las cosas, muchas veces frente a todos esos espurios impulsos informativos a los que me he referido. El profesional no puede conformarse con lo que le llega por esas vías: ha de hablar, llamar, visitar, conversar, escrutar, preguntar... todo ello para acceder a lo que pasa y poder contarlo. En fin, la sagrada misión de informar.

 

Si, encima de renunciar a buscar noticias, se añade que quien “decide” cuál es la realidad, qué se va a contar (en lugar de reflejar lo que ha pasado), ya mi desazón alcanza cotas indescriptibles.

 

Así que lanzo una voz en defensa del periodismo y del periodista. Del trabajo esforzado por acceder a las cosas tal como son, para luego contarlas sin manipulación. Lo reclamo en defensa de nuestra dignidad como profesionales, incluso como personas, pero también en beneficio de la sociedad. Los ciudadanos tienen derecho –todo el derecho- a saber lo que ocurre, y los informadores la obligación de contarlo. No hacerlo deja indefensa a la sociedad y hace imposible la democracia.

 

Yo sí quiero periodistas en las redacciones. Y, si otros medios no están dispuestos a hacerlo, aquí al menos, modestamente, contaremos lo que pasa. La única limitación será nuestra propia capacidad profesional para conocerla.

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