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Votar por causas perdidas

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Conozco a bastantes personas, en su mayoría votantes del PP pero algunas también del PSOE, a las que les cae bien Rosa Díez. Desde hace tiempo.

Conozco a bastantes personas, en su mayoría votantes del PP pero algunas también del PSOE, a las que les cae bien Rosa Díez. Desde hace tiempo. Desde la primera vez que la vieron asomarse con coraje y decisión a las filas de la disidencia interna. Y más tarde, cuando desde las barreras del Parlamento Europeo y desde los barrotes de esa gran prisión acolchonada en la que se ha terminado convirtiendo Euskadi, se atrevió a hablar de España y de libertad, las dos banderas con las que ha entretejido un discurso cargado de valentía y sinceridad. Y luego, cuando retó a lo imposible al optar a la Secretaría General de un PSOE que, era evidente, había dejado de ser ya el partido de sus ideales juveniles.

No sé muy bien qué piensa de otros grandes temas, pero en estos dos de la patria y la libertad, estoy segura de que logra alcanzar con su palabra, sus gestos y su mirada, ese núcleo subliminal en el que, dicen los expertos, anida la emoción que moviliza, que mueve a la adhesión.

La de UPD es una operación marginal, residual, fringe dirían los americanos. Ya hubo en el pasado otras similares en su planteamiento como tercera vía: recuerdo la Operación Reformista, a la que confieso que entregué uno de los escasos miles de votos que logró en Madrid.

Posiblemente la Unión Progreso y Democracia de Rosa Díez consiga un volumen de votos y escaños directamente proporcional a la presencia mediática que se le permita o pueda pagar, es decir, mínimo. Pero hay ocasiones en las que el discurso de las utilidades puede y debe dejar paso al de los principios y la coherencia, aunque ambos lleven al fracaso electoral.

No me imagino a Rosa Díez de presidenta del Gobierno –al menos, no todavía--, pero sí claramente como linterna encendida entre los escaños del Parlamento español. Y aunque sólo sea por eso, merece la pena apostar esta vez por una causa perdida. Porque puede ser que, al final de todo, deje de ser exactamente eso, una causa perdida. Y porque, en cualquier caso, urge abrir una puerta hacia la esperanza frente al fatalismo de quienes pretenden que no hay más opciones que Zapatero y Rajoy.

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