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Wonderful World

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En 2017 se cumplirá medio siglo de What a Wonderful World, uno de los himnos de la música contemporánea magistralmente interpretado por el gran Louis Armstrong. El tema, un hermoso poema, resume lo esencial y lo secundario, lo que de verdad importa y lo que solo atormenta, aquello que deberíamos valorar y lo que tristemente lo impide. 

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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En su admirable sencillez, recrea infinidad de pequeñas cosas extraordinarias que nos rodean y que no percibimos debido al dichoso ruido o a la odiosa velocidad que envenena nuestros días.

            Aunque pasemos a su lado todas las mañanas, dudo que sepamos contemplar árboles de color verde, o rosas rojas que florecen, como reza su bucólica letra. Tampoco, cielos de color azul y nubes de color blanco, o el bendito resplandor de cada día, o la oscuridad sagrada de la noche; ni los colores del arco iris, tan hermosos en el cielo, que lucen en las caras de la gente que pasa. O a los amigos estrechándose las manos, preguntándose qué tal estás, queriendo en realidad decirse un te quiero. Aunque nos acompañen, nos cuesta también oír a niños llorar, verlos crecer, o saber que aprenderán mucho más de que lo que yo nunca sabré. El hecho de que estas frases de la canción se consideren una cursilada digna de mejor mención es prueba inequívoca de lo que digo.

            Ese mundo maravilloso que relata se nos va de las manos a cada instante, sin que nos demos ni tan siquiera cuenta. No se trata de caer en el ensimismamiento naïf de tantos originales o perroflautas que consumen las jornadas escrutando las estrellas o los acantilados, pero sin dar un palo al agua. De lo que hablo aquí es del gasto de nuestras horas metidos a fondo en la harina de las preocupaciones o de la maldita inercia, sin percatarnos de la realidad prodigiosa que hay ahí fuera, algo que pasa ante nuestros sentidos sin pena ni gloria.

            Por supuesto que han de enfrentarse, tantas veces con formidable sufrimiento, los incesantes dilemas que la existencia nos ofrece. Pero no se ha concebido mejor compensador que la atención a las raíces humanas y naturales que tenemos delante de las narices. Quién sabe si los desequilibrios que tanto se padecen en la actualidad tienen su origen precisamente en esta incapacidad extendida para distinguir las cosas fabulosas que suceden a nuestro alrededor.

            Hace algunos años, un alumno vino a verme para contarme su experiencia en Filipinas, donde se había ido de cooperante un verano. Le impresionó que las gentes de los poblados, unas zonas paupérrimas pero de paisaje primoroso, sonrieran y fueran tan felices con apenas un cuenco para beber o comer. Para él, que procedía de una familia acomodada barcelonesa, era inconcebible que aquellas personas pudieran encontrar tanta alegría con tan poco, “nunca vi a nadie más radiante”, me dijo. La respuesta estaba, sin duda, en la letra de la pieza cantada por Armstrong.

            Progresar, prosperar, buscarse la vida…, no sé si es posible hacerlo sin ser conscientes de lo sensacional que atesoramos y de lo que, sin embargo, pasamos olímpicamente sin caer en la cuenta de que: Yes, I think to myself... What a wonderful world.




“Somos
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