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Tribuna libre

Zapatero y las palabras mágicas

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Zapatero surfea feliz en las últimas olas de la prosperidad recibida, con el descanso de unas rentas bonancibles que de momento le permiten gobernar mediante símbolos o improvisaciones, ajeno aún a esas dos tardes de macroeconomía que se harán necesarias cuando la sequía repercuta con poco talante en la cesta de la compra o el precio del crudo encarezca la hipoteca en virtud de una matemática fatal. 

 

Como un Francisco de Asís que fuera presidente del Gobierno, Zapatero emana todavía un aura de dulzuras morales, fiado en la presunción de santidad que conlleva con inexplicable automatismo ser de izquierdas. Entre las logomaquias de la retórica y la aceptación de la fe, el mensaje le llega al electorado adolescente y la palabra “paz” parece ocultar el germen de la paz efectiva.

 

De alguna manera, a este socialismo achampanado se le premia con la excepción de perdonarle todo, por lo que Zapatero y sus ministros disfrutan de un salvoconducto universal que les permite hacer o no hacer en el entendido de que siempre tienen buenas intenciones. En realidad, da igual que su federalismo sea a destiempo, que los homosexuales tengan la promiscuidad como deporte o que ETA no pueda pasar por el lobo de Gubbio.

 

Una concepción parasitaria de la democracia ha llevado a cierta izquierda a eludir la responsabilidad mediante la indignación. Después resulta difícil renunciar al bienestar y la voluntad se retrae en languidez, pero la socialdemocracia ya funda su prestigio no en tener pocas ideas sino en no definir ninguna, para mejor adaptarse a la variable afectividad del electorado. La general apelación a la tranquilidad o a la lágrima es más bien un estado juvenil de la política cuya expansividad potencial recorre el camino del sentimentalismo al populismo.

 

Si nada está bien o mal, lo cierto es que nunca pasa nada. De esta paramera intelectual surgen ideologías de subsistencia con una elaboración muy primaria, hechas para el corto recorrido. Los matices filosóficos que se han adherido en el último siglo al concepto de diálogo se desvirtúan en una actitud estática por la cual el objeto y el fin del diálogo consisten tan sólo en seguir dialogando. Mientras tanto, la marea avanza hacia la reelección.

 

El tesauro de Zapatero abunda en estas palabras clave que el tiempo desgasta en palabras vacías, y a través de las resonancias equívocas del talante se disocian con rapidez la realidad y el discurso. En todo caso, Zapatero dispondrá de más palabras cuya mágica eufonía ha de servir para disolver todo conflicto con la facilidad con que un mago dice “voilà!” y saca de la chistera otro conejo.

 

Se aprecian aquí algunas coloraciones del buenismo, opción política oscilante entre los buenos sentimientos de siempre y el buen rollo extremado de los últimos años. Para hacerse una idea, basta con ir a cualquier cinefórum multicultural. El buenismo comienza como solipsismo y desemboca en parálisis, en tanto que conlleva un embelesamiento por la bondad radical de unas ideas que cuentan con el simple atributo de ser inmejorables.

 

Genéticamente, el buenismo es un movimiento inercial surgido de la falta de penitencia en la socialdemocracia tras la caída del muro: en cierto modo, con el fin de la utopía llega el momento en que mejor puede comerciarse la utopía.

 

La versión peninsular del buenismo se positiva en un espíritu adánico que desdeña tradiciones y consensos y erosiona valores básicos con el artificio de su intervención moral en la sociedad. Hace frío, ciertamente, en las afueras del Estado, pero existe un desfase de tiempos entre la quimera igualitaria del Ejecutivo y unos votantes que buscaban un cambio de presidente y no una nueva tierra por fundar. Para estos problemas de rodaje, sin embargo, el poder resulta muy balsámico.

 

Del optimismo antropológico al trastorno evitativo, el peso de la alienación empuja a Zapatero a vivir en el mejor de los mundos. Es previsible que siga allí durante un tiempo, hasta que la realidad, un viejo problema de la literatura y de la vida, se haga súbitamente presente en la sequía o en las alzas del petróleo y las palabras mágicas agoten con el uso su virtud.