Martes 06/12/2016. Actualizado 01:07h

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Tribuna libre

Zapatero y la política ‘Starbucks’

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Ahí está Zapatero, híbrido de demasiadas cosas, con un relativismo que parece querer satisfacer a todo el mundo y que en parte ha constituido un embeleso.

Esa hora de gravedad que son las elecciones deja de momento todo margen a la incertidumbre pero de los nacionalistas ya se sabe que van a ganar aun cuando pierdan. Son esas imperfecciones constitutivas de un sistema electoral en parte autolesivo y sobre todo muy opresivo para quien se vaya a la oposición con millones de votos: el descontento de la derecha española ha sido constatable más allá de los desvelos propios de la oposición en tanto que no pocas veces se ha querido colar la especie de que en España hay diez millones de fascistas, a la espera de fumigación al otro lado del cordón sanitario. Pese a todo, el PP se ha tomado en serio, ha sobrevivido a una autocrítica que suele pasar por autoflagelación. Quizá no haya que pensar que ser de alguna manera conservador es siempre y en todos los casos una misión heroica. Lo demuestran, por ejemplo, esos diez millones de votantes del partido de más concurrida militancia.

Si el PSOE emprendió un giro táctico españolista, el PP se ha abierto a una concepción suavemente paternal de la política, atenta a materialidades no menores: el coste de la vida, la hipoteca, la gente –que es toda- que hace números para llegar a fin de mes. No es infrecuente que la derecha busque votos atribuyéndose un grado de conservadurismo compasivo, de pronto encarnado en la niña de Rajoy. Es una manera de presentar a la derecha como magma capaz de asumir la sensatez del hombre común y ‘aggiornarse’ al mismo tiempo con los consensos del día, del cambio climático al empleo femenino, como si fuera inconcebible –por ejemplo- que alguien se quede a trabajar en casa. Ahí el PP cuenta al menos con una trayectoria de seriedad en rebajas fiscales, estrictamente positivas.

Si lo más liberal del PP es la rebaja fiscal, del otro lado está un Zapatero que criticó en su día el superávit pero parece querer gastarlo todo en guarderías, en dependencia, en becas para que los adolescentes viajen a aprender inglés. El consenso en torno al gasto público lo hace inapelable cuando no sólo puede ser la peor medida en tiempos menos prósperos sino que además genera dependencias mucho menos saludables que esa libertad de tener el propio dinero en el bolsillo para que cada uno mande a su hijo a donde quiera. Esto sucede cuando en toda Europa se redefine el Estado del bienestar. Se trata de postulados que gustarán más a los funcionarios que a los pequeños empresarios y ya se sabe qué clase es más quejosa y numerosa y qué clase no ha de dejar de esforzarse en producir. Al tiempo que se asumen las ventajas de una sociedad capitalista, ahondar en los valores del liberalismo parece que todavía mereciera la lapidación. La bondad está siempre en otra parte. Atraerse los votos de la Administración ha sido una insistencia fundamental del PSOE en la campaña.

Para Zapatero, la gran ventaja de ser posmoderno es que la coherencia es un valor que declina. Se pacta con ERC pero España está más cohesionada. Es una política ‘starbucks’, donde cada uno puede servirse lo que quiere: un intento por conseguir la paz o más detenciones de etarras, la herencia republicana o un nuevo patriotismo, educación laicista o la asunción de que el socialismo encarna los valores cristianos mejor que unos obispos siempre con la hoguera a punto. Ahí está Zapatero, híbrido de demasiadas cosas, como un ornitorrinco, con un relativismo que parece querer satisfacer a todo el mundo y que en parte ha constituido un embeleso. No poca gente que vota a Zapatero busca sentirse reconfortada con su voto, como si fuera un donativo al Domund, con un PSOE capaz de reinventarse desde las amplias bolsas del voto rural hasta el populismo elitista. Es sabido que los encantamientos duran lo que duran y lo más previsible es que cuatro años más de zapaterismo comenzaran con una voladura total de la contención moderadora fingida desde hace meses, aunque es de esperar que no con la quema de conventos. Si la fuerza de Zapatero es su volatilidad, el argumento del PP es que el izquierdismo light de Zapatero no es una frivolidad que podamos pagarnos.