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Tribuna libre

Zapatero está preso de sí mismo

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Gobernar en coalición es un ejercicio  de equilibrio. Exigencias y concesiones están a la orden del día y es necesario que quien pilota la operación ponga a contribución una gran dosis de prudencia  que rebasa cualquier maniobra política.

 

Las coaliciones -parlamentarias o de gobierno- suponen una clara y diáfana definición previa de programas y objetivos. Han de explicitar un "hasta aquí estamos dispuestos a llegar" y un "de aquí no se pasa". Pero cuando el poder se ha venido a las manos del político de forma inesperada y casi en un sobresalto no es fácil guardar esas distancias con los aliados.

 

Están pasando demasiadas cosas en las calles de nuestras ciudades como para que el Gobierno, cualquier Gobierno, no las tenga en cuenta. Ayer fueron las víctimas del terrorismo que quieren que se rectifique la política antiterrorista, otro día son los defensores de un Archivo, y hoy, las familias que reivindican la defensa del matrimonio y piden otra rectificación de un proyecto de ley que lesiona a una institución fundamental en cualquier sociedad.

 

Todos exigen a Rodríguez Zapatero un cambio de rumbo, una rectificación de la trayectoria política que emprendió tras el 11-M. Y no se trata de que el Presidente del Gobierno no quiera rectificar, es que aunque quisiera no podría. Tenemos un Presidente del Ejecutivo que gobierna gracias a una coalición parlamentaria y, para mantenerse en el poder, está haciendo una política absolutamente disparatada y cada vez más alejada -en materias concretas- del sentir de los ciudadanos.

 

Pero Rodríguez Zapatero no es preso de sus socios políticos, ni siquiera de su ideología que, además, siempre ha sido contraria a los postulados que ahora se defienden desde la Moncloa. José Luis Rodríguez Zapatero es preso de sí mismo, de sus propias contradicciones, de su falta de ideas, de sus improvisaciones.

 

En algunas películas de humor, de aquellas del cine mudo, siempre hay algún actor bufo que, a lo tonto a lo tonto, él solo y sin darse cuenta, se pone las esposas y queda atado a una verja. Algo así le ocurre al Presidente del Gobierno. Él solito se ha puesto las esposas de la negociación con ETA. Él solito se ha puesto las esposas de los ataques a la familia. Él solito se ha puesto las esposas de las autonomías y de la reforma de los estatutos. Él se ha atado las manos con Ibarretxe, con Carod o con sus compromisos nacionalistas. Sólo él se ha comprometido con una Europa a la deriva en un referéndum precipitado e incoherente.

 

Se le exige que rectifique. Es imposible. Cualquier rectificación supondría su desaparición política, y Rodríguez Zapatero puede ser muchas cosas pero no parece que sea un suicida.