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Tribuna libre

El aborto y la derecha cavernaria

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No hablamos en vano de declive de valores. La comodidad del aborto ha generado una transversalidad total: abortar es más fácil que quitarse de un tijeretazo las ojeras.

En la Europa prenavideña, la vanguardia del debate ético-moral está en el cebado de los patos para hacer foie-gras o en las condiciones de habitabilidad de las granjas porcinas. No hablamos en vano de declive de valores. La comodidad del aborto ha generado una transversalidad total, resultante de que abortar es más fácil que quitarse de un tijeretazo las ojeras. A su vez, la transversalidad del aborto genera no pocas complicidades silenciosas: al final, ha resultado ser el método contraceptivo por excelencia, de implantación extensiva, a izquierda y derecha, sin distinción social. Las mismas clínicas abortistas no son gabinetes de torturas sino establecimientos gratamente musicados con chill-out, atendidos por enfermeras solícitas y con la asesoría de un psicólogo con la fascinación de un brujo postmoderno. Tanto y tanto aborto aquí y allá ha generalizado el fenómeno de que no hay debate porque es un término que ni siquiera se puede mencionar: cientos de miles de abortos y es como si el aborto no existiera. También son generaciones de españoles que ya mismo se echan en falta.

El descubrimiento reciente de carnicerías clandestinas lleva a pensar que hablamos de un terreno del todo desconocido por la ley, ajeno a la vigilancia de una materia regulada. Esas clínicas funcionaban y funcionan en un limbo de speakeasy: su existencia se conoce pero es mejor no comprobarla. En algunos establecimientos había trituradoras de gran predicamento en mataderos por su capacidad para picar hasta cuatrocientos kilos de carne al día, pegotes de carne humana que se iban por el desagüe. Equipos de voluntarios han descubierto en las basuras un pedazo de cara, una manita de niño con sus cinco dedos, el camión de una empresa cosmética en busca de placenta. No es que los pro-vida tengan el gusto de la sangre sino que enseñan la sangre que tantos no quieren ver. Al hablar con un médico abortista, me indicó que un feto era como un quiste y que no pasaba nada por quitárselo. Bien, es un quiste con forma muy acabadamente humana: al menos, ahí habría que exigir que sean abortistas después de aceptar que el aborto es un crimen.

La ideología abortista como feminismo desbocado tiene extensiones marginales en un país como España, donde el activismo intelectual carece de tradición. Aquí es más cuestión de comodidad, de dejación, de victoria por desistimiento. El aborto se generaliza tanto que se da por irrevocable. Lo más que se ha conseguido es poner en olvido que toda práctica de aborto permitida está despenalizada, es decir, que un aborto en ningún caso tendría la nula trascendencia de una liposucción. Digamos que es un crimen que se permite bajo distintos supuestos: naturalmente, en lo que respecta a las clínicas de abortos, si uno se dedica por oficio a matar niños, es improbable que tenga mucho respeto a las disposiciones de una Administración que indique los pormenores procedimentales matanceros.

En otros países, la ideología abortista va directamente en contra de la mujer como madre: quizá uno deba sentirse troglodita al decirlo, pero un mundo sin mujeres que aspiren a ser madres me parecería un mundo harto cruel. De hecho, no sólo va contra la naturaleza sino contra la realidad que impone esa naturaleza: tantas y tantas que quieren ser madres o que se ven muy realizadas con la maternidad, hoy como ayer. El aborto indiscriminado convive en España con el recurso ansioso a la ayuda médica para la concepción y con índices de adopción prácticamente no igualados en el mundo. En España, en buena parte, al menos nos vemos libres de escuchar alabanzas activas del aborto y deploraciones por arrancar la piel a los corderos de astracán.

Si una concepción indeseada es dramática, no por tanta justificación el aborto deja de ser un crimen. El aborto será un crimen aun cuando los fetos no se descuarticen a cuchilladas sino que mueran de modo más higiénico y menos fotogénico. Es incómodo ver fotos de nonatos muertos pero no es una apelación al sentimentalismo sino a la piedad que nos hace hombres, más allá del narcisismo contemporáneo. Al tiempo, es con mucha cuquería con la que se ocultan los efectos secundarios en tantas y tantas que abortaron y que años después acunan aún con pena al niño no nacido. Hablar del aborto será de mala educación, será obsesión de una derecha vaticanista y cavernaria, será un mal paso en una reunión social. Lo prioritario, sin embargo, es que el aborto es un crimen. Saquemos el tema en la próxima copa con amigos progres.

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