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Los abuelitos afónicos

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La ronquera de Jagger muestra a la mona desprendida ya de sus estrambóticos vestidos de seda. Tal como es.

Los años no pasan en balde. Sírvame el tópico, en esta ocasión, para definir la realidad que rodea a los Rolling Stones. Todo el dinero del mundo, todo el poder, la influencia, la fama, la experiencia, los medios, no son nada cuando llega la hora de la verdad. Han vuelto a suspender conciertos en España. Esta vez ha sido el popular vocalista el que ha sufrido problemas de salud, una vulgar afonía. Una tosecita de bebé y una ronquera persistente obligan a la incomprensible hilera de camiones Stones a poner rumbo a su origen. Sin demasiadas explicaciones. Sin más historias.   Yo no sé cómo lo verán ustedes, y créanme que me gustaría saberlo y, sobre todo, desearía conocer la opinión de los miles de fans del mítico grupo de rock de todo el mundo. Aunque no creo que nadie pueda sorprenderse en exceso por la cancelación de un concierto de unos abuelitos. Mucho rock, mucha pasta, muchos éxitos, pero enternecedores abuelitos al fin.   Dicen algunos directores de cine que rodar con animales –perros, gatos, pájaros…- es desesperante. Son imprevisibles en su alocada irracionalidad. Un concierto de los Rolling Stones en el 2006 debe ser lo más parecido a rodar unas cuantas escenas con animales. Nunca sabes qué puede suceder. Primero, por su imprevisible salud y, segundo, por su variable estado de ánimo y su preocupante pasotismo hacia su público. A los que se han quedado compuestos y sin música, sin concierto, les devuelven el dinero. A los que se la jugaron con la reventa, lo dudo mucho. Tendrán que plantearse seriamente si repetir o no la hazaña de intentar ver a la gran banda del rock mundial.   Pero todo esto, a ellos, les da igual. No sé qué pasará por sus cabezas cuando entran en España con su séquito de camiones lujosos, con todo tipo de caprichos y demás parafernalia y se cruzan con otro autobús, algo más humilde, lleno también de viejecitos, pero del Imserso. Supongo que se cruzan la mirada pensando: ¿qué habrá pasado para que tú estés aquí, y yo en este otro autocar destartalado? A ti te esperan millones de personas junto a un espectacular escenario y a mí no me espera nadie más que un guía turístico que debo compartir con una legión de chinos. La vida es así, pensarán, en el mejor de los casos. Al final, en común, sólo tenemos la afonía, porque tú las arrugas te las has quitado.   Así que, como decía, a mí no me sorprende que los chicos hayan suspendido el concierto. Admiro la música de Rolling Stones, aunque no comparto los fanatismos de carácter internacional exagerados. Esos ídolos de masas a los que parece que hay que rendir tributo obligatorio. Esos ídolos que se ríen de su público al movilizar miles de medios innecesarios a cada concierto, como si aquello fuera el fin del mundo. Tan sólo son buenas canciones.   La afonía de Jagger nos recuerda que todos somos carne y hueso. Tengamos o no la posibilidad de viajar, en la tercera edad, acompañados de todo cuanto capricho se nos pase por la cabeza. La ronquera de Jagger muestra a la mona desprendida ya de sus estrambóticos vestidos de seda. Tal como es.   Yo no iría hoy a ver a Rolling Stones. La opulencia, el lujo desmedido y la extravagancia en la edad de jugar con los nietos me parecen ridículos. No puedo evitarlo. Prefiero escuchar sus discos en casa, disfrutarlos y olvidarme de la decadente vejez de los que, en otros tiempos, figuraron entre mis ídolos musicales. Pero es una decisión muy personal. Porque también que sé que, cuando se bajan las luces del escenario, y empiezan a sonar, se para el mundo y se diluyen los prejuicios a cada acorde. Lo malo es cuando, como ahora, ese momento no llega, y queda al descubierto la realidad extramusical de los abuelitos ricos del rock, bastante más decepcionante.   Aunque debo reconocer que en el caso de esta cancelación, anoche, antes de escribir esto, me preguntaba si entre tanto equipaje, tantos hombres y mujeres a su servicio y tanto dinero desparramado por el suelo, nadie podría haber tenido la feliz idea de incluir en un pequeño y humilde botiquín una maldita caja de Ricola. P’al Jagger.

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