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Se acabó lo que se daba

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Manolo abrió la puerta del coche, se sentó de mala manera y agarró el volante con ira, como si quisiera arrancarlo del eje. Le acababan de subir la hipoteca.

Manolo abrió la puerta del coche, se sentó de mala manera y agarró el volante con ira, como si quisiera arrancarlo del eje. Miró primero hacia el frente, a través del cristal, sin saber bien cuál sería su siguiente movimiento y luego dejó que su cabeza fuera venciéndose hacia delante, hasta terminar apoyando la frente sobre las manos y éstas, en uve invertida, sobre el volante.

Acababa de salir de la caja de ahorros tras una reunión en la que estuvo a punto de zarandear al director cuando éste le confirmó que la subida de su hipoteca era irreversible. “Pero es que yo me había ajustado todos los gastos para la cantidad que tenía que pagarles; si me suben, no sé qué hacer”, insistía una y otra vez. Y el director le escuchaba tratando de que al encoger los hombros para transmitir que él era un mandado, Manolo entendiera que estaban hermanados por un mismo compromiso pagador, que él también tenía hipoteca que pagar y colegios de niños y las últimas letras del coche nuevo.

Pero Manolo, aferrado al volante, sólo podía pensar en cómo hacer frente al aumento de los gastos. La hipoteca no era lo único que había subido. De repente, en pocos meses, la cesta de la compra había menguado porque todo era más caro. Estuvo así más de diez minutos, pensando en que todo subía, menos lo que él ganaba. Después aspiró aire con ansiedad, como si quisiera que entrara hasta el fondo de sus pulmones y su cerebro para desalojar de éste los pensamientos angustiosos y encendió el contacto para poner el coche en marcha. De manera automática, se encendió también la radio en la emisora en que había quedado. Y entonces Manolo le oyó: “El cambio climático es el desafío más grave que se cierne sobre la vida en la tierra, que exige un nuevo contrato del hombre con la naturaleza…España estará en la primera línea…”. Era él, el presidente, Rodríguez Zapatero, el ZP al que había votado en las últimas elecciones, rodeado de sabios de los que Manolo no había oído hablar en su vida junto a los cuales inauguraba un panel de energía solar en los jardines de la Moncloa. El cambio climático, prioridad de Zapatero.

Y entonces Manolo lo tuvo claro. La ira fue concentrándose entre sus dos cejas, en medio de la frente, y se convirtió en un punto de luz que irradiaba hacia el interior del cerebro. Una luz que iluminaba a la vez sus angustias económicas y la imagen que podía recrear, a través de lo que le llegaba por la radio, del panel solar de Zapatero y de las prioridades de éste para toda la humanidad. Todo ello en el mismo plano, como si se tratara de dos realidades virtuales incompatibles entre sí, con la particularidad de que su realidad, la de las letras por pagar y el sueldo que no llegaba, era una realidad absoluta, sin matices, dolorosa, inmediata, tangible. Supo que él no formaba parte de la humanidad que debía firmar ese nuevo contrato con la naturaleza del que hablaba Zapatero. El era Manolo, un individuo con problemas concretos para llegar a fin de mes de los que no hablaba el presidente del Gobierno. En ese mismo momento, supo que en marzo, cuando ZP le llamara a votar, él se quedaría en casa.