Lunes 05/12/2016. Actualizado 16:38h

  • this image alt

elconfidencialdigital.com elconfidencialdigital.com

La web de las personas informadas que desean estar más informadas

·Publicidad·

Tribuna libre

El “por si acaso”, una nueva forma de legislar

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Siempre estaré del lado de los autores profesionales y de los consumidores, porque lo mío es estar del lado de las buenas canciones.

En un empeño por seguir con su particular romance, no correspondido, con los economistas liberales, los responsables de Cultura e Industria del Gobierno de Zapatero han decidido que el espeluznante “canon digital” también se aplicará a los teléfonos móviles. Pronto, comprar un teléfono móvil será un poquito más caro, y ese aumento de precio se destinará a satisfacer las demandas de una sociedad general cuyo nombre prefiero no mencionar, ante la imposibilidad de arriesgarme a gastar mis ahorros en abogados. El planteamiento sería divertido sino fuera real: tanto el Gobierno como la sociedad general cuyo nombre completo omitiré prudentemente en este artículo, saben que teniendo un móvil con mp3 –casi todos-, puede usted cometer el atropello de reproducir cualquier canción. Y ven, sobre todo, que en esas circunstancias se sitúa usted en las condiciones necesarias para cometer un “delito”: descargarse una canción de Internet y reproducirla en su móvil. Da igual que lo haga o no lo haga. Muy pronto deberá pagar por ello obligatoriamente.

Es el “por si acaso”, una sorprendente nueva forma de legislar. Así que, siguiendo este esquema mostrado en los párrafos anteriores, me permito sugerir al Gobierno otras medidas urgentes para potenciar estas divertidas leyes del “por si acaso”. Por ejemplo, me parece de absoluta prioridad llevar a cabo el “canon CSI”, que obligaría a cualquier consumidor a pagar con tres días de prisión la compra de cuchillos, armas de fuego de todo tipo, sogas, objetos punzantes, venenos, y cualquier otro producto que se haya utilizado en el pasado o pueda utilizarse en el futuro para cometer asesinatos, o para intentarlo. El objetivo es prevenir. Da igual que usted utilice el cuchillo para cortar membrillo o que lo utilice para atracar un banco. Una vez que usted tope con sus huesos contra el suelo de cualquier calabozo, aunque sea un par de días, se le quitarán las ganas de emplear ese cuchillo para cualquier otra cosa que no sea pelar patatas. Hablando de patatas, y en esta misma línea, yo gravaría también los hornos, sartenes y todo tipo de utensilios de cocina ante la posibilidad de que alguien ose hacer el “bacalao al mojo” de la misma forma que Arguiñano, sin pagar derechos de autor por la receta al chef.

Gravaría con nuevas tasas la venta de micrófonos y sus soportes, para que los autores tengan que pagar a los autores, por si acaso versionan o utilizan, sin pagar derechos, las canciones de los propios autores. Disculpen el trabalenguas. Eso sin olvidarme de los azulejos del baño, que con su eco repiten ilegalmente las canciones que se cantan en la ducha. También gravaría de inmediato las raquetas de tenis: ¿saben cuantos imprudentes infantes imitan a Bruce Springsteen –sin pagar derechos al autor- ayudándose de estos terribles instrumentos del mal? También pondría un impuesto con urgencia a los teclados, y los bolígrafos, por si alguien decide escribir el Quijote y apropiarse su autoría ninguneando a Cervantes. Por último, urge imponer un impuesto variable por hablar en la calle, para evitar que todos esos tipos que van silbando “Pajaritos por aquí” o “Soy minero” al aire libre, sigan aprovechándose impunemente de la brillante idea original de Maria Jesús y su acordeón o de la de Antonio Molina.

Parece de locos y lo es. Pero estamos muy cerca de llegar a todo esto. Llevo varios años defendiendo desde esta Tribuna a los autores y tratando de defender a quienes dicen gestionar sus derechos, intentando al mismo tiempo no respaldar posturas que coarten innecesariamente la libertad de los consumidores. Como yo, millones de ciudadanos desean exactamente lo mismo. Pero hoy me veo obligado a poner punto y final a esta visión tan equitativa, porque me resulta imposible entender las posturas de una de las partes, y así se lo he comunicado a algunos de los amigos que tengo también dentro de esa sociedad cuyo nombre no me atrevo a mencionar. Si ni siquiera quienes estamos a favor de los autores nos atrevemos a hablar en público con claridad, pueden ustedes imaginarse cómo está el patio.

Siempre estaré del lado de los autores profesionales y de los consumidores, porque lo mío es estar del lado de las buenas canciones y de todos aquellos elementos necesarios para que puedan darse. Pero muchos de mis autores preferidos no aceptarían jamás esta legislación cutre, intervencionista e injusta del “por si acaso”. Unas leyes que espero que alguien pueda frenarlas a tiempo, porque no sólo no beneficiarán a los autores profesionales ni solucionarán sus gravísimos problemas, sino que aún encima ensuciarán injustamente su imagen. Una vez más. ¿Hasta cuando aguantaréis en silencio?