Martes 06/12/2016. Actualizado 01:07h

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Tribuna libre

Me acordé de Antonio Herrero

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Antonio murió cuando yo ya no era su oyente por inercia o casualidad, sino por convicción. Qué bien nos vendría ahora.

Tal vez yo era demasiado joven para entenderlo. Atravesaba esa época en que quien más quien menos piensa que la política es como el fútbol pero más aburrida. Que las cosas que salen en los periódicos no afectan al ciudadano de a pié y que, en política, en el fondo, no importa quién gane, ni las trampas que se hagan para ganar. Pude escucharlo al despertar el día en esos años de inconsciencia que un buen día desparecieron sin dejar rastro y luego, con el paso del tiempo, los he añorado en mil y una noches de invierno.   Tal vez, como digo, su elocuencia y su discurso superaban en mucho mis inquietudes intelectuales, pero por alguna razón que hasta hace algún tiempo no comprendía y que ahora entiendo muy bien, sus palabras y su forma de hacer radio dejaron una profunda huella en mi corazón adolescente.   Antes de desviar parte de mi actividad profesional hacia el periodismo -digital y musical a día de hoy- no me había parado a profundizar tanto en su figura. Es cierto que lo escuchaba cada mañana por herencia familiar, por afinidad juvenil. Porque Antonio, para mí, era tan niño como yo aunque tuviera unos cuantos años más. De hecho, aunque no comprendía muchas de sus reivindicaciones y empeños por la búsqueda de la verdad y la justicia, su forma de contar las cosas me mantenía en tensión y me transmitía un afán especial por canalizar la garra y la rebeldía juvenil hacia algo útil, hacia algo verdaderamente valioso. Tal vez, alguna buena causa, siempre coronada por una obsesión por encontrar la verdad de las cosas, aunque hubiera que tragar en el camino el barro de todas las consecuencias. Y era sólo eso, la sinceridad en la forma comunicar y analizar la actualidad de aquellos días, lo que encantaba y enamoraba a su audiencia y lo que irritaba a quienes eran objeto de su mirada crítica –y clínica- de la vida.   Antonio murió cuando yo ya no era su oyente por inercia o casualidad, sino por convicción. Cuando a duras penas comenzaba a comprender por qué gritaba tanto algunas mañanas. Con el pretexto del triste trajín político de aquellos, quizá sin saberlo, el primero de la mañana despertaba muchas conciencias de mi adolescente generación. Lo malo es que nos abandonó cuando sólo había comenzado a plantar la semilla de su mejor lección subliminal: enseñarnos la importancia del concepto de libertad y el amor a la verdad.   Ahora, zambullido en el lío periodístico por afición y militando en el jaleo de la información musical por profesión, me acuerdo de Antonio en muchas ocasiones. Generalmente después de una traición, al soportar un nuevo pisotón de los gigantes de la comunicación musical en España o tras descubrir algo que nadie sabe todavía, suelo pensar en cómo afrontaría él la situación. Se trata de un mecanismo automático e inconsciente que me salta probablemente como consecuencia de aquellas lecciones involuntarias de periodismo que nos impartió sin saberlo en los últimos años de su vida desde los estudios de la Cope que después llevaron su nombre.   Siempre me han atraído los milagros en el mundo de la comunicación. Y en ese aspecto, la evolución de la Cope representa uno de los grandes enigmas pseudoespirituales de la comunicación en España. Esa es la razón por la que acudí a primera hora del martes a hacerme con el libro “De la noche a la mañana. El milagro de la Cope” de Federico Jiménez Losantos. Acudí con más rapidez aún, al conocer que en sus páginas se desvelan muchos de los secretos de ese nuevo periodismo comprometido con la verdad que inauguró como cabeza visible –y cortable- Antonio Herrero.   Y en efecto, en el relato de los hechos que en el libro ofrece el actual director de “La Mañana” de la Cope, me reencontré con la figura de Antonio Herrero tal y como yo la había conocido a través de las ondas hacia finales de los agitados años 90. Me acordé de Antonio y lo trasladé al presente para contrastar si realmente su figura dejó la huella que se preveía en la legión de comunicadores y periodistas que salieron del horno en los años siguientes y, más en particular, si sus lecciones eran algo más que palabrería bonita en el quehacer diario de mis responsabilidades. Porque Antonio, bien lo sabemos los que fuimos sus oyentes, era la luz acusadora que iluminaba las conciencias de todos, no sólo de los que se consideraban enemigos suyos.   No hace mucho tiempo planteé en esta misma Tribuna –a la luz de la evolución de la industria musical en los últimos años- si no sería buena cosa contar con un José María García en el periodismo musical. Hoy mantengo la duda sobre lo que un doble -imposible por otra parte- de García podría aportar en un terreno como éste, pero sin embargo, al recordar la labor de Antonio Herrero, leyendo el citado libro, he confirmado mi sospecha de que todos los que se dedican a labores informativas en el ámbito que sea –también en el abandonado terreno cultural y, por tanto, musical-, deberían empaparse de las formas y empeños periodísticos de Antonio, con independencia de sus particularidades ideológicas nunca ocultadas.   No he leído más que los primeros capítulos del libro así que aún me faltan por conocer buena parte de las claves del milagro de la supervivencia de un medio que llegó a estar casi muerto como la Cope. Pero tan sólo por el recuerdo tan nítido que ofrece el autor al dibujar el espíritu diario y la forma de trabajar de Antonio Herrero en sus últimos años de vida, ya habría merecido la pena esta obra. La considero un resumen escrito, a modo de recordatorio, de aquellas lecciones que Antonio impartía en directo a las seis de la mañana. Luego sé que vendrán los matices, las visiones, los prejuicios y lo que yo considero pequeñas injusticias del autor hacia determinados protagonistas del periodismo en aquellos años en general y de personajes relevantes de la Cope en particular. Pero por fortuna, la influencia de las artes periodísticas de Antonio Herrero brilla en la forma elegida por el autor para narrar los hechos en la mayor parte de las páginas del libro que he podido leer hasta ahora. Asumiendo tanto los aciertos, como las injusticias –y las justicias- y los errores.   Qué bien nos vendría ahora Antonio y qué lástima que no sepamos a veces valorar en vida a los muchos que ya han recogido su testigo en los diversos ámbitos de la comunicación, ahora que lo digital ha abierto el bote de las libertades del periodismo en España. Me consuelo pensando que hoy, por fin, me acordé de Antonio tal como yo creía recordar que era, y su mito no se desplomó como suele pasar cuando uno trata de reconstruir el pasado. Por algo será.