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Tribuna libre

Los aeropuertos y la soledad contemporánea – Elogio de las salas VIP

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De pronto es como si dejáramos de ser individuos y fuéramos sólo homúnculos con attaché, caminantes arriba y abajo como si buscáramos la mano de una madre inmensa.

Hace ya tiempo que la soledad en los aeropuertos es la semblanza más contemporánea y más real de la soledad metafísica y eso no hay sala VIP que lo remedie. Por supuesto, esa no es la soledad como dimensión de libertad o como querencia apetecida del espíritu. Tanta pasión y tanta fijación –tanta excitación, en realidad- por los aeropuertos tiene más que ver con la expectativa del vuelo que con el sentimiento entre agorafobia y horror loci, la orientación perpleja y el volumen de la espera.

Como contraejemplo, la envergadura de la T-4 –obra magna- podría fundar un momento de optimismo histórico al pensar en una prosperidad de España o al haber logrado un aeropuerto de alguna manera fácil y legible. Por supuesto, no está hecho a la escala de los aviones ni de los hombres sino a la escala de una ambición pero ni siquiera en la arquitectura los sueños son accesibles sólo con dinero. Años atrás, cuando la aeronáutica tenía que ver con el futuro, Saarinen realizó en Nueva York una terminal para la TWA donde seguramente había más Zeitgeist que pragmatismo. Sin que esto sea una crítica, da muy bien para las fotos.

Paseamos por tantos aeropuertos, por naves vacías, a horas raras y –lo que es peor- con un raro sentimiento de la temporalidad. De pronto es como si dejáramos de ser individuos y fuéramos sólo homúnculos con attaché, caminantes arriba y abajo como si buscáramos la mano de una madre inmensa. Estamos un poco desposeídos de nosotros mismos porque la arquitectura aeroportuaria nos impone –o nos imponía- una uniformidad. Esa es una vertiente no poco totalitaria de la arquitectura aeroportuaria que apenas ha logrado generar referencias para establecer –como diría Yi-fu Tuan- una topofilia, de modo que es difícil saber si uno está en el aeropuerto de Málaga o en el de una república soviética. En otras palabras, nunca ha habido razones para que en los aeropuertos se tenga que comer mal.

Por supuesto, es difícil que un mostrador de facturación sea acogedor como un salón victoriano pero todo parte de un dirigismo conductual que nos despoja de individualidad y puede terminar con un hombre civilizado que se pone a andar por la terminal en calcetines: lo normal es perderse el respeto si uno es tratado como masa. También cabe sentirse incómodos en la misma medida en que nos sentimos dependientes. Si los postfreudianos vieron el avión como un gran útero, el aeropuerto lo es aún mayor.

Preguntamos por el rincón de los fumadores como quien busca el cotolengo, rompemos el vaso de plástico del café, vemos pasar a azafatas que –inexplicablemente- siempre llevan las faldas demasiado largas. A nuestro lado, un alto funcionario del ministerio de Agricultura compra una corbata entre dos reuniones y nos preguntamos si alguien tendrá el ánimo de irse a hacer un masaje shiatsu. No faltan los recién casados ni familias que más que tradicionales son eternas: el padre con riñonera, la madre con preocupación, los niños con mocos. Casi podría sonar un blues por megafonía mientras vemos las mismas colonias, las mismas cajas de habanos, pirámides de whisky que por lo menos es ‘king-size’ y una sala multiconfesional donde uno puede rendir culto a Alá, a Pilates o a Narciso. Nada mejor para un estudio de campo sobre el lujo democrático, con kioskos con novelas de templarios y unos moros a nuestro lado que beben a morro una botella de Château Latour porque no pueden subírsela al avión. Ciertamente, en una sala VIP estaremos igual de solos pero hay copas, prensa culta, gente curiosa a la que ver: es un desarraigo pero a veces darían ganas de mudarse.