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Tribuna libre

Por afición

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Cuando los soldados gringos interrogaron a August Kubizek, posterior autor del libro” Hitler mi amigo de juventud”, le preguntaron sobre las ventajas que había obtenido de aquella primera amistad, él contestó que ninguna.

Cuando los soldados gringos interrogaron a August Kubizek, posterior autor del libro” Hitler mi amigo de juventud”, le preguntaron sobre las ventajas que había obtenido de aquella primera amistad,  él contestó  que ninguna;  y desde luego parece que nunca imagino que llegara donde llegó. No parece que luego el Caudillo alemán, entre diablo y pobre diablo le calificó González Ruano, sintiera especial nostalgia por sus amigos juveniles.

En otro orden de cosas, nunca pudieron los servicios secretos occidentales contrarrestar la enorme afición de miles de comprometidos camaradas a colaborar con la tiranía marxista, observada en la distancia de forma desenfocada con  lo que de forma pomposa se llegó a llamar la “patria del proletariado”.

De todos es sabido que medio Cambridge acabo espiando para los rojos, cuando estos no eran ya aliados, recuerdos de compromisos juveniles que no tenían contraprestación. Teorías conspiratorias buscaban complejas redes bien pagadas donde no había sino un idealista ( hoy sabemos que servil) propósito de ayudar al zar rojo en la siempre preterida revolución mundial.

China, buena pagadora, perdió su atractivo hace años, probablemente por haberse cruzado en el camino de la meditación tibetana, pues las masacres sobre su propia etnia Han o el apoyo a los Kmer camboyanos no cuentan. En cambio Cuba produce una extraña atracción, no siempre sexual, sobre toda nuestra progresía, que mantiene los fervores comunistas respecto al viejo mito. El gorila de Venezuela, en cambio, no parece lograr ese tipo de adhesiones y mira que gasta a manos llenas e incluso reclutó al tonto Carter para que le avalara los pucherazos. Pero no hay Che en Venezuela, ni Sierra Maestra, ni un Sargento Batista a quien demonizar, no están tampoco los Castro, tan mayorcitos ya y tan criminales. Pero son criminales con son y el otro sólo tiene petróleo.

No hay ventaja directa en jalear a los Castro, ni el actor de teleserie ni el cantante maduro obtiene ya nada de ello. Lo hacen por afición, con ese entusiasmo que pudo ser generoso con el que todos los cretinos han apoyado las lejanas tiranías, con esa ceguera voluntaria que no se pregunta por qué todos se quieren ir y nadie quiere quedarse en Cuba; como es que las crisis políticas se resuelven en depuraciones y fusilando, o sobre el tipo de reacción política que es encarcelar a los pequeños grupos opositores.

La afición, sin embargo, no excusa el crimen. Quienes por su pasión por los hermanitos, el barbado o el bigotado, jalean sus crímenes no están excusados respecto a quienes hacen la vista gorda por sus negocios hoteleros. Es más cuando el jaleo exige insultar a las víctimas, denigrarlas, convertir al exiliado en gusano, al preso de pena multiplicada en delincuente común, la afición parece algo repulsivo y quien la padece repugnante.

Resultaron reveladoras las declaraciones del actor televisivo. Delincuente común llamó al bueno de Orlando, héroe de la resistencia al que mataron los castristas. Curioso el comunista comprometido con los delincuentes comunes en la sociedad capitalista cuando denuncia al delincuente en su paraíso socialista. De hecho en el socialismo no hay crímenes comunes pues todo acto tiene el matiz político en cuanto dificulta el triunfo revolucionario. Así el disidente se convierte en traidor a la patria, terminología que también usó el actor de todas las vidas para él y ninguna para el pobre Orlando. Ya hemos visto delincuente común y  traidor a la patria, nos falta terrorista. Esto es lo mejor. Los de las rosas a las abogadas etarras, los de la lucha armada en cuanto aparece una estrellita roja o una hoz con su martillo, descubren ahora el terrorismo. Vaya, gente de orden siempre que sea el de sus cuerpos de sicarios verde oliva, de desfiles siempre que las armas las lleven ellos, y de alambradas para que los ancianos de Miami no les ocupen también sus playas. Sus playas con sus mulatos y sus mulatas, con sus roncitos y con la inagotable verborrea del Comandante. Menuda afición.

“Somos
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