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Tribuna libre

El ángel de Eugenio D’Ors

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Reivindicar a Eugenio d’Ors parece hoy tan inútil como reivindicar la pintura de paisajes, la enseñanza del francés o el oficio de pendolista. Su figura ya recuerda a la de un padre en orfandad de hijos, y se volvió pronto un limbo la gloria del valle de Josafat. Naturalmente, es mucho más difícil disimular a Eugenio d’Ors que a un poeta de provincias muerto a los veinte años de amor y pulmonía. Sobre el olvido hay, además, ensañamiento.

 

Tiene d’Ors un grupo escultórico en el Paseo del Prado, con inscripciones en tipos romanos y abundancia de musas. Aparte de esto, de él perviven dos o tres anécdotas y dos o tres boutades, y una oración al ángel de la guarda con versos que el tiempo felizmente hizo anónimos. También las librerías de viejo rebosan de sus obras a pesar de la rareza de d’Ors en el humus intelectual de la España de aquellos años.

 

Sólo en los desguaces se encuentran sus libros, porque a d’Ors no se le ha perdonado el abandono del Parnaso por las páginas del Arriba, y aún pesa sobre él la excomunión catalana mientras se le encienden velas sentimentales a Martí i Pol o se saca en procesión a san Lluís Companys. Recordar la importancia de d’Ors, también para Cataluña, es volver a aprender el abecedario, pero nada extraña cuando los filólogos sueñan ser hombres de acción.

 

Lejos de estas mínimas polémicas, la obra de Eugenio d’Ors es una lectura interminable. En su tiempo de filósofo cosmopolita y árbitro de todos los saberes, su glosa diaria llevaba a los periódicos un pensamiento portátil muy propicio para su repaso en el tranvía o en la cama, o para su comentario en el café. Es la menor de sus lecciones, pero durante cincuenta años no ha habido nada semejante en repercusión o calidad, y con sus artículos sobraban los suplementos culturales. Las glosas son una contención admirable de energía intelectual y el condensado de una sabiduría que se nos da pura y potente como el resumen de un diálogo. Esta cortesía tiene el contrapeso de que para leer a d’Ors hay que ser un poco dorsiano.

 

 “¿Qué le voy a hacer yo, si mi ángel me ha votado a lo claro y difícil; no, como el común, a lo fácil y oscuro?” Al igual que el esfuerzo del Goethe alemán, el esfuerzo del Goethe mediterráneo consistió en aspirar de lo oscuro a lo claro. No menguó este empeño en su cuesta abajo y mantuvo siempre la autoridad de un César y la soberbia divina del saber. Quizá cometió el error de nacer en un siglo donde iba a ser un guante impar, aunque desde esa distancia Joubert y él se hicieron amigos. “Muy siglo dieciocho, y muy moderno”, y mucho más que eso.

 

D’Ors pudo haber sido un gran poeta, un gran dramaturgo, un gran novelista o un gran filósofo. Al final siguió el camino que el ángel señalaba, y fue Eugenio d’Ors. Quedarse tan sólo con su ejemplo significaría, entre otras cosas, ignorar por qué a tantos les resulta incómodo. D’Ors encontró palabras nuevas que rimaban con las palabras viejas, y para escribir tuvo la mano de un gigante que pensara. Cincuenta años después de su muerte, la obra de d’Ors es una lección interminable.