Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

Un año ya, un año todavía

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Ahí es nada, la cuestión del tiempo. El tiempo fluye y refluye –aunque nunca vuelve del todo–, se acelera por momentos, aminora y a veces parece estancarse. Lo parece sólo, de modo tan ficticio como el agua acogida entre las manos que, no importa cuánto se aprieten para cerrar fisuras, acaban siempre vacías. El tiempo tiene su tempo y quizá nadie lo haya expresado tan pulcra, tan puntualmente –tenía que tratarse de un germano–, como Thomas Mann en La montaña mágica: su acción transcurre en siete años que son a la vez un soplo y una eternidad.

 

Pero descendamos de las cumbres nevadas de Davos-Platz a los predios peninsulares, y dejemos al asténico Hans Castorp para centrar la atención en el paisano Zapatero. Algo, algo, sí que tienen en común de todas formas los dos personajes, y la similitud les puede venir por el lado sedente. Igual que el joven protagonista de la novela se pasaba casi todo el día postrado en su cómoda chaise-longue, resulta que nuestro presidente se halla repantigado en una política de mecedora, acuñación que debemos a Julio Anguita: parece que el Gobierno va a hacer alguna cosa, pero en seguida se echa para atrás.

           

Ahora que se cumple un año desde que el PSOE asumió el poder, no sabe uno muy bien si conceptuar ese plazo como una eternidad o como un soplo. Seguramente las dos percepciones son compatibles. Ha sido una eternidad porque en su transcurso los socialistas han vuelto a dejar España –Guerra, tus sucesores han heredado tus vicios, pero no tus virtudes– que no la conoce ni la madre que la parió. En una minuciosa labor de legislación inversa, se han propuesto desmochar la política exterior, nacional, social y educativa. No hay que preocuparse, porque según Zapatero “España tiene un rumbo claro”. Sí, lo vamos viendo.

 

Está claro el rumbo al que nos dirigimos con nuestras amistades en el ámbito internacional, con las amistades que apuntalan al precario Ejecutivo para que pueda gobernar toda una nación –y no sólo dos o tres “comunidades nacionales”–, con la actitud de absurdo resentimiento, impregnado de rancia ideología, que demuestra hacia los sectores sociales que no le son afines, con una política de educación que, preténdalo o no, vuelve a fabricar en serie analfabetos funcionales. El rumbo está muy claro.

           

Este año, por otra parte, ha sido también un soplo. El tiempo pasa muy deprisa cuando no se hace casi nada, porque no hay un lastre que lo detenga. Una vez concluida la legislación inversa, que no da para más de tres o cuatro días, Zapatero se ha sentado en la mecedora para echarse una siesta mientras sus ministros y sus ministras van proporcionando titulares de vez en cuando. Dice el presidente que lo mejor está todavía por llegar. Como sea cierto, con un rumbo tan nítido, habrá que terminar internando a España en el mismo sanatorio donde pasó Hans Castorp siete años de su vida. ¿Cuántos necesitará nuestra nación para recuperarse?

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