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Tribuna libre

Diez años sin Miguel Ángel

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Porque España es una gran nación, a pesar de que algunos de sus gobernantes actuales hagan todos los esfuerzos para que eso no sea así.

El próximo jueves día 12 se cumplirán diez años del asesinato a cámara lenta por parte de ETA de un joven concejal del PP de la localidad vizcaína de Ermua. Diez años en que los españoles, los demócratas no hemos tenido entre nosotros a Miguel Ángel Blanco Garrido.

Que duda cabe que todos los crímenes de una banda terrorista son abominables, pero el de Miguel Ángel Blanco adquirió unos tintes de crueldad, de sadismo, de angustia para su familia y por ende para todos los españoles, debido a la forma en que ETA lo llevó a cabo. El joven concejal popular fue secuestrado el 10 de julio hacia las 15,30 de la tarde y la banda terrorista dio cuarenta y ocho horas antes al Gobierno para que trasladara a todos los presos etarras a las cárceles ubicadas en el País Vasco. En caso de que no lo hiciera, le matarían. Era por tanto, la crónica de un asesinato anunciado.

El Gobierno de España no podía ceder al chantaje terrorista. Si lo hubiera hecho entonces, aunque hubiese sido en una proporción pequeña, eso hubiese sido su perdición. Cuando se cede una vez, ya no tienes nada que hacer. No cedió y la sociedad española no solamente lo entendió, sino que estuvo al lado del Gobierno, del Presidente Aznar, del Ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, y también lo entendió la familia de Miguel Ángel Blanco. Como en diferentes ocasiones ha reconocido su hermana, Mari Mar, “claro que entendimos que el Gobierno no cediera a las pretensiones de ETA. Era muy duro para mis padres y para mí, porque se trataba de la vida de Miguel Ángel, pero entendimos perfectamente lo que se hizo en aquel momento”. Un testimonio, este el de la hermana de Miguel Ángel, que lo único que confirma es la altura moral, la fortaleza y la dignidad de las víctimas del terrorismo.

Aquel terrible atentado puso en marcha lo que se conoció como el “espíritu de Ermua” que no fue otra cosa que la rebelión democrática, cívica de una sociedad, con las víctimas a la cabeza, que dijeron que hasta ahí se había llegado y lanzaron un alto y claro, ¡basta ya!. En Ermua estuvieron el PP y el PSOE, los movimientos cívicos que surgieron entonces, las víctimas del terrorismo, gran parte de los medios de comunicación y la inmensa mayoría de la sociedad española.

¿Quién no estuvo entonces en Ermua? Pues los de siempre, los que nunca han hecho nada por acabar con ETA, los que han vivido muy cómodos –“es necesario que unos agiten el árbol para que otros recojan las nueces” en famosa frase de Arzalluz- con una situación social en el País Vasco en la que los no nacionalistas no gozaban de los mismos derechos, ¡de la misma libertad! que los nacionalistas. En Ermua, el PNV se asustó, tuvo miedo de la marea social que salió a la calle y su reacción ante ese pavor fue tremenda: se fue a negociar con Batasuna y con ETA en lugar de quedarse al lado de los demócratas. Al cabo de un año del asesinato de Miguel Ángel Blanco, el PNV, EA y ETA firmaron un pacto por el que se comprometían a expulsar de las instituciones vascas a los partidos que ellos denominaban “españolistas”, es decir, el PP y el PSOE.

Diez años después, ¿quien más se ha ido de Ermua? Pues aunque sea muy triste y muy penoso decirlo, uno de los dos grandes partidos nacionales, el PSOE, porque la negociación política que ha llevado a cabo Zapatero con ETA en los últimos cinco años es precisamente todo lo contrario de lo que significaba el “espíritu de Ermua”. Si éste era el símbolo de la unidad de los demócratas para luchar contra ETA, esa unidad, Zapatero la ha hecho saltar por los aires; si Ermua significaba la prevalencia del Estado de Derecho para derrotar a ETA, Zapatero ha utilizado algunos instrumentos de ese Estado de Derecho, no para buscar la derrota de la banda terroristas, sino su apaciguamiento.

Pero en Ermua quedan todavía muchos actores. Queda fundamentalmente una gran parte de la sociedad española que no quiere rendirse ni que su Gobierno se rinda ante unos terroristas. Queda una sociedad viva, con fortaleza, con dignidad, que no está dispuesta a que sea pisoteada ni la memoria de Miguel Ángel Blanco ni la de ninguna del resto de las víctimas causadas en estos cuarenta años por ETA. Porque España es una gran nación, a pesar de que algunos de sus gobernantes actuales hagan todos los esfuerzos para que eso no sea así.

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