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Tribuna libre

El 7-J y los anticuerpos del terror

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La peor dimensión del miedo llega a Londres en cumplimiento de un designio fatal, entre preguntas irrelevantes acerca de los propósitos simbólicos de los terroristas y divagaciones sobre las causas que sólo buscan establecer causas legítimas. En su sentido más inocente, se trata de explicar lo que es paradigmáticamente un sin porqué, pero de estas delicadezas surgen aplicaciones tan estériles como oponer a la vesania una Alianza de Civilizaciones, cuando los viejos ascetas ya sabían que con el demonio no se puede dialogar. De todos modos, todavía alguien dirá que Al-Qaida pone bombas porque son pobres.

 

Uno de los peajes más costosos de la libertad implica que Londres o Madrid se hayan vuelto una Babilonia a ojos del puritanismo islámico. El fatalismo con que estaba previsto un atentado en Londres también motiva que desde hace años sean de plástico transparente las papeleras de París. Con todo, la conciencia de la fatalidad no es sinónima de la conciencia de la amenaza, y la propia expansividad temporal del poder terrorista es una certeza de tal magnitud que ya debería haber creado un sistema de anticuerpos: más que entre los poderosos de la tierra, es en las conciencias occidentales individuales y en su convicción de resistencia donde se libra la batalla.

 

Al-Qaida nos ha dado el papel de combatientes pasivos por el hecho de vivir donde vivimos y tomar pacíficamente un tren o un autobús: de momento, optan por la muerte masiva de civiles antes que por el magnicidio. En circunstancias así, no resulta la mejor estrategia echarse ceniza por encima y hacer más penitencia por pecados sólo presumibles.

 

Dicho de otro modo, la renuencia no es opción ética o política, libertad y seguridad se vuelven más que nunca realidades complementarias y hay que extremar las medidas –en materia de inmigración, por ejemplo- aunque después vengan algunos alienados con pancartas. Lo contrario es la ficción angélica de volver al día anterior al once de septiembre, a un mundo ajeno a las madrasas y mezquitas de Londonistán, a los imanes de Fuengirola o a los locutorios de Lavapiés. Más al fondo está el dinero de la Casa de Saud, el tráfico a pequeña escala de hachís o la constatación de que las redes terroristas funcionan por movimientos de inspiración más que por una estricta jerarquía.

 

Los atentados de Madrid significaron para España una inmersión en la corriente urgente y pavorosa de los problemas del mundo. Tras unos espasmos breves de indignación, la consecuencia intelectual más depurada convino en que Aznar, al igual que Hitler, llevaba bigote, y en la postulación del abandono.

 

Esto no era precisamente lo esperado de la épica hispánica, por más que hoy la mejor épica es la ley. Ha habido una falta de compás entre la gravedad de los hechos y el páramo final de las ideas, y es con este desarme moral como Al-Qaida gana en las conciencias sus batallas. Al-Qaida ha de seguir ganando en la medida en que no sepamos que está aquí y eludamos la pronunciación de su nombre, en la medida en que no fijemos una idea de enemigo sin hacer abstracción de quiénes somos y qué valores defendemos. El optimismo práctico de que la seguridad es el estado normal de la civilización puede degenerar de pronto –véase Francia- en populismo.

 

Es previsible que Al-Qaida no logre un califato universal pero puede causarnos muchas muertes y muchas deserciones. De un modo aparentemente paradójico, la debilidad y la desunión de Occidente hacen merma en su prestigio y menguan su influjo en un mundo islámico donde también hay nociones de moderantismo e impulsos de libertad.

 

La equivocidad de la respuesta es una pérdida de tiempo, una disolución de las fuerzas y un descrédito de toda posible ejemplaridad. Para las conciencias indecisas, Valentí Puig recuerda lo que dijo Reinhold Niebuhr: incluso aquellos con parte de culpa tendrían derecho a la defensa propia.