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El atolladero de Irán

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La Historia enseña que el hecho de que ninguna de las partes en conflicto quiera guerra no conduce necesariamente a la paz

Francamente, no recuerdo otra época —excluida la anterior a la Segunda Guerra Mundial— en que las diplomacias de tantos países grandes se agolparan de un modo tan caótico en un atolladero, desarrollando tantos esfuerzos tan infructuosos para encontrar una salida al laberinto como están haciendo ahora. Cierto que en aquella ocasión, los debates no dieron ningún resultado, un “chico malo” creó numerosos problemas a la pandilla de los “buenos”, y el laberinto propiamente dicho fue destruido por el conflicto bélico.   Esta vez, el papel del “chico malo” lo interpreta Teherán, que amenaza con borrar de la faz de la tierra a un Estado miembro de la ONU. Alrededor del díscolo, se apiñan unos señores, incluidos un estadounidense, un ruso, un chino, un inglés, un alemán y un francés. Todos miran con recelo a Teherán, pero tienen distintas opiniones respecto a cómo se debe tratar a ese “chico malo”: persuadir por las buenas (Rusia y China), disuadir por las malas (los europeos) o “enterrarle” cuanto más rápido, mejor (EEUU). Cada una de estas variantes tiene sus puntos débiles, y nadie logra convencer al régimen de los ayatollahs, que sigue insistiendo en su derecho a enriquecer uranio con sus propias fuerzas, lo que en teoría despeja su camino hacia el desarrollo del arma nuclear.   Moscú y Pekín tienen intereses en Irán y la costumbre de mirar no sólo al mañana sino más allá, a una perspectiva más lejana. Y ésta les parece muy triste, porque quizás estalle una guerra. Pero no menos entristecedora parece la posibilidad de que Irán desarrolle la bomba nuclear, algo que, lamentablemente, no se puede descartar. O sea, que los llamamientos pacíficos de Moscú y Pekín parecen muy razonables sólo a primera vista: el pacifismo difícilmente permitirá desatrancar el atascadero, dada la posición inamovible mantenida por Teherán.   Tienen problemas también aquellos que se inclinan por disuadirlo por las malas. Primero, porque su posición viola la “presunción de inocencia”, y aunque se puede sospechar que Irán alberga pérfidos planes (crear arma nuclear), no existen pruebas tangibles de ello. Ni siquiera las tiene la Agencia Internacional de la Energía Atómica. Segundo, cualesquiera que sean las sanciones que se apliquen contra Teherán (excepción hecha de las militares), no darán ningún resultado. Esta aseveración viene corroborada por la experiencia histórica de la ONU: dado que nunca escasean individuos dispuestos a hacer dinero aunque sea del aire, y que hecha la ley (o aprobada la sanción), hecha la trampa, en la mayoría de los casos los más perjudicados no son las autoridades sino los ciudadanos de a pie. Además, Occidente no quiere tomar en consideración el aspecto psicológico: el actual régimen de Irán tiene un sistema nervioso fuerte y la voluntad y los convencimientos firmes, aunque éstos pueden ser erróneos. Por lo cual las sanciones no lo disuadirán.   Tercero y último, el sueño estadounidense — “enterrar” a Irán— difícilmente podrá realizarse. Ni los más crueles bombardeos (incluidos los atómicos) garantizarían a la aprensiva Administración Bush la liquidación de absolutamente todos los laboratorios nucleares secretos de los islamistas. En Irán hay muchas cuevas. Además, una incursión de amplia escala traería grandes disgustos, en comparación con los cuales la guerra en Iraq les parecería a los estadounidenses un ameno tour. Eso por no hablar de que empezar una nueva guerra sin haber concluido lo comenzado en Afganistán e Iraq, sería un grave error estratégico. A ello se añadirían también las numerosas consecuencias negativas que tal proceder provocaría para EEUU en Oriente Próximo y en sus relaciones con otros países, por ejemplo, China y Rusia. El Partido Republicano perdería las próximas elecciones presidenciales, y también estarían garantizadas otras contrariedades —de carácter catastrófico o no tan grande— en la vida interna del país y en el ámbito internacional. O sea, que la guerra está contraindicada también para EEUU.   ¿Y qué supondría la guerra para Teherán? Dejemos en paz al misericordioso Alá, que llevará al paraíso a todos los combatientes caídos. Las perspectivas de los iraníes que siguieran en la Tierra serían poco alentadoras: numerosas víctimas y destrucciones. Y también, muy probable, el cambio del régimen y el crac del propio programa nuclear, por culpa del cual se ha armado todo el escándalo. La posibilidad de poseer el átomo pacífico, no mencionemos ya el militar —si es que los iraníes sueñan con él— se aplazaría por tiempo ilimitado.   Nadie necesita la guerra: a esta conclusión se llega razonando sensatamente. Pero la Historia enseña que el hecho de que ninguna de las partes en conflicto quiera guerra no conduce necesariamente a la paz. Si todos se obcecan, y la salida del atolladero se busca durante demasiado tiempo, la puerta se abre sólo cuando alguien hace volar el laberinto. Y esto ya sería una guerra, ésa que nadie quiere hoy día.