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Tribuna libre

El átomo iraní y las prioridades de Moscú

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Uno de los asuntos calientes de esta semana es Irán. O, diría yo mejor, vuelve a ser Irán. Porque las infinitas maniobras que hace este país en torno a su programa nuclear, dando un paso hacia adelante y dos hacia atrás y dirigiendo a Israel un sin fin de provocaciones, han hartado a la comunidad mundial. La última declaración del presidente iraní, Ahmadineyad, respecto a la enfermedad de Ariel Sharon, desborda los marcos de la moral más elemental. Además, la hizo en el apogeo mismo de la principal fiesta religiosa de los musulmanes, detalle en el que muchos repararon. A fin de cuentas, Dios es uno para cristianos, judíos y musulmanes, por lo que la injuria que se permitió lanzar Ahmadineyad es pecado para un fiel musulmán. Al comentar en una ocasión las bruscas declaraciones que se escucharon en EEUU inmediatamente después de celebradas las elecciones en Irán, exhorté a no llegar a conclusiones apresuradas, esperando que en Teherán triunfaría el sentido común. Lamentablemente, no ha sucedido así, sino todo lo contrario: parece que quiere provocar adrede al mundo entero. Y da la impresión de que tal conducta, así como las manifestaciones injuriosas, han colmado también el vaso de la paciencia de Moscú, que durante largo tiempo se esforzó en mantener buenas relaciones con Teherán. A ese esfuerzo contribuía la necesidad de defender determinados intereses económicos (Rusia construye en Bushire una central atómica en plena correspondencia con las normas y bajo control de la Agencia Internacional de Energía Atómica, AIEA), pero tal posición se debía, en primer lugar, a que Irán es un país limítrofe con Rusia, y como es sabido, no conviene en absoluto tener malas relaciones con los vecinos. Pero, según declaró hace unos días a la emisora de radio “Eco de Moscú” el ministro de Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov, Teherán ha de comprender en qué consisten realmente las prioridades de la diplomacia rusa, tratándose de Irán. La principal de todas: la no proliferación del arma nuclear, cuestión en la que Rusia se muestra solidaria sin fisuras con la AIEA y los países occidentales que, junto a Moscú, negociaron con Teherán en los últimos tiempos. Esto reviste una especial importancia, teniendo en cuenta la actitud abiertamente adversa que Irán muestra hacia un país soberano miembro de la ONU y sus logros tanto en la realización del programa nuclear como en el desarrollo de vectores de largo alcance. Despierta mucha preocupación el problema de enriquecimiento del uranio, en el que el actual gobierno de Irán da largas artificialmente. Primero, suspende la moratoria que había aceptado introducir el anterior gabinete, y después, de esa manera que le es tan propia, no dice ni “sí” ni “no” a la iniciativa de Moscú, en el sentido de instituir empresa mixta con el fin de realizar el enriquecimiento del uranio en territorio ruso bajo auspicios de la AIEA, iniciativa en la que están de acuerdo todas las partes preocupadas. Conviene no olvidar que Rusia se opuso durante bastante tiempo a la elevación del dossier nuclear iraní al Consejo de Seguridad de la ONU, porque los inspectores de la AIEA todavía no tienen respuestas a muchas preguntas importantes sobre el carácter de los estudios que Irán estuvo realizando durante casi 20 años, a espaldas de la comunidad internacional. Mientras los inspectores de la AIEA puedan trabajar en Irán, estarán en condiciones de encontrar tales respuestas, pero en cuanto el dossier se eleve al Consejo de Seguridad, sus manos se verán atadas mientras que a Irán –explicó Lavrov– le va a suceder todo lo contrario. Por todo lo expuesto, creo que en la reunión extraordinaria de los participantes de las negociaciones en torno al problema nuclear iraní (AIEA, varios países europeos, EEUU, Rusia y China), que se celebra este lunes, Moscú va a cambiar de posición porque Teherán ya no le permite actuar de otro modo. Además, según subrayó Lavrov, en tales cuestiones es importante proceder con unanimidad; precisamente por ello, Moscú va a votar como la AIEA. La próxima ronda de confrontación diplomática se desarrollará, probablemente, en el Consejo de Seguridad. La situación no será de las fáciles. La introducción de sanciones, en la que van a insistir EEUU y los países europeos, sólo creará una ilusión de solución del problema. Según enseña la experiencia, las sanciones de la ONU no surten mucho efecto, pues siempre se encuentran vías para eludirlas. En un futuro próximo, Irán no parece amenazado por una intervención militar, que EEUU probablemente se permitiría si no estuviese atascado en Iraq. El decidido Sharon se encuentra fuera del juego político. Gran Bretaña, por boca de su ministro de Exteriores, se ha manifestado en contra, al menos de momento, de tal posibilidad. Y Rusia está categóricamente en contra: no hace falta que en Oriente Próximo surja otro foco de tensión. Creo que son precisamente estos cálculos los que permiten a Irán actuar con tanto desenfreno. Es posible que Teherán y los líderes espirituales iraníes no yerren en sus cómputos a corto plazo. Pero si analizaran el probable desarrollo ulterior de esta partida de ajedrez, entonces podrían percibir que el prurito de dinamitar el Tratado de No Proliferación puede tener consecuencias muy desagradables para ellos.

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