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Cinco bandarras totalitarios

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El miércoles se encadenaron en la sede madrileña de la Cadena COPE cinco militantes de la Esquerra, ese grupúsculo con aspiraciones a Movimiento Nacional Catalán que entre bambalinas nos desgobierna a todos los españoles. Iban, los tales, ataviados con monos amarillos y máscaras de pobladas cejas y larguísimas pestañas a lo Maybeline New York, quizá porque el grado de histrionismo que se necesita para llamar la atención es inversamente proporcional a la fuerza de los argumentos propios y al número de personas que los esgrimen. Para que los presentes no los confundieran con operarios municipales en inverosímil carnavalada, desplegaron una pancarta donde podía leerse: «Aturem la cadena de l’odi». Desde la particular afección de sinécdoque que caracteriza a los independentistas, la Cadena COPE incita al odio porque los critica de modo contundente —ni más ni menos que como se merecen por sus despropósitos—, y en ningún caso están dispuestos a conceder que ellos no representan a todos los ciudadanos de su región. Carod y cada uno de sus acólitos ven una señera y les embargan tales ardores patrióticos que proclaman, ufanos y convencidos: «Cataluña soy yo». Pero Cataluña es mucho más, por fortuna. Aún quedan catalanes que creen en las libertades, incluida por supuesto la de expresión, y que se avergüenzan de la exención de terrorismo que para su territorio urdieron los independentistas en Perpiñán. Los miembros de la Esquerra atribuyen a la Cadena COPE la causa de una tensión que ellos mismos generan. No es ésta la emisora del odio: el odio lo profesa aquel partido. Desde su aparición relevante en la escena parlamentaria hace dos años, se ha agudizado el clima de guerracivilismo —es la esencia de su programa electoral—, han aumentado exponencialmente los actos de boicot a productos catalanes —si existiese una especie de catalanofobia estructural en el resto de España, como ellos denuncian, siempre se hubiesen realizado en proporción parecida— y se han multiplicado los ataques a los partidos y a los medios de comunicación que consideran sus enemigos naturales. La culpa es de la derecha «neofranquista», por supuesto. A esos cinco bandarras totalitarios que se encadenaron en la sede madrileña de la Cadena COPE, con la presencia de sus ilustres señorías Joan Puig y Joan Tardá —las lumbreras del régimen—, me hubiera gustado verlos de la misma guisa y con pancarta similar en la redacción del diario Egunkaria, clausurado por orden judicial al demostrarse su colaboración con banda armada. Ese periódico no tenía nada que ver con el odio, claro. Hasta tal punto fomentaba la concordia, que los representantes políticos de la Esquerra han mostrado en público su solidaridad con los encausados y han llegado a pactar con los benevolentes recaderos del plomo. Gracias a su desvelo, tenemos la democracia a buen recaudo.