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La batalla por las libertades democráticas en Turquía

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Si algo no se puede reprochar a Angela Merkel es el esfuerzo por dar cauce al grave problema de los refugiados que llegan masivamente a las fronteras de Europa.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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A partir de ahora, con el clima primaveral, el fenómeno tenderá a crecer. Y, si en otros aspectos Turquía deja mucho que desear, su colaboración resulta esencial para encauzar los movimientos migratorios. Por eso, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan está jugando demasiado fuerte, ante la debilidad de Bruselas.

No deja de ser un gesto simbólico la reciente visita de Merkel, con el presidente del consejo europeo Donald Tusk y el vicepresidente de la comisión Frans Timmmermans. Aunque la idea de las “zonas seguras” es criticada por las ONG, forma parte de los acuerdos con la UE y, de hecho, Tusk ha elogiado el trato turco a los refugiados

Cosa distinta es la lejanía de Ankara respecto de elementos políticos y sociales indispensable para poder seguir atisbando un horizonte de incorporación a la comunidad europea, más allá de su antigua presencia en las competiciones deportivas. ¿Cómo no recordar a Estudiantes, hoy en dificultades, clasificado para la Final Four del baloncesto europeo en Estambul 1992, y las cautelas ante tradiciones de la "demencia" que podían chocar en un país musulmán?

Caballo de batalla actual es la exención de visados para los ciudadanos turcos que viajen a partir de junio a países del territorio Schengen. El informe de Bruselas deberá ser aprobado el próximo 4 de mayo, pero persisten voces entre los 28 dubitativas. En la comisión de derechos civiles del parlamento de Estrasburgo fueron mayoría el día 21 los diputados que exigen a Turquía cumplir con todos los criterios para un régimen de viaje sin visados en la UE: piden a la Comisión Europea que lo compruebe cuidadosamente. En todo caso, tras el 4 de mayo, la Eurocámara deberá votar sobre la norma establecida, de acuerdo con el procedimiento de codecisión.

Otro gran tema es la decisión de la canciller de aceptar el procesamiento de un humorista alemán, autor de un poema hiriente contra Erdogan. No conozco los detalles procesales, ni tampoco el derecho alemán sobre la información, pero tampoco parece justificado sacar de quicio la mera apertura de la instrucción, que será atendida con equidad por los jueces germanos. No toda sátira se justifica por sí misma, ni todo vale en las opiniones periodísticas (al menos, dentro de la dilatada jurisprudencia del Tribunal Constitucional español): aunque, más allá de imágenes desaforadas, era un grito contra la represión de las minorías y la violencia contra kurdos y cristianos, emitido por la televisión pública alemana ZDF. Pero de ahí a pedir, como hizo el presidente turco, una declaración oficial del gobierno de Berlín contra la sátira...

La cuestión es muy distinta de la realidad de Turquía, donde las libertades relacionadas con la información sufren severos embates desde el poder, con la connivencia jurisdiccional. La regresión turca es manifiesta, con cerca de dos mil procesos judiciales abiertos a raíz de manifestaciones contrarias a la política gubernamental: toda crítica se considera un insulto a Erdogan.

En este contexto, se valora estos días la nulidad del proceso Ergenekon, establecida por el Tribunal Supremo turco. Las actuaciones judiciales comenzaron en 2008, y se dirigían contra un conglomerado que, entre otras cosas, se propondría derrocar el gobierno del partido islamista de Erdogan; buena parte de los encausados –condenados en instancia- eran militares de relieve, de acuerdo con la tradición favorable en materia de laicidad imperante en el ejército desde el golpe fundacional de Kemal Atartürk.

De momento, la Corte de Casación excluye la existencia de la supuesta organización terrorista Ergenekon, y reprocha las condenas –algunas muy fuertes- basadas en pruebas falsas, escuchas ilegales y testimonios no fiables. Al cabo, el proceso habrá cumplido la finalidad buscada por Erdogan: limitar el poder del ejército. Ahora los tiros se dirigen contra los partidarios de su antiguo aliado, el imán Fetullah Gülen: ocuparían puestos relevantes en la administración de justicia y en la policía, aunque su jefe de filas viva exiliado en Estados Unidos.

Persisten aún expedientes muy graves contra medios informativos, como la acusación de terrorismo, espionaje y violación de secretos de Estado supuestamente cometidos por periodistas del diario Cumhuriyet, incluido su director. Se pide para ellos cadena perpetua. El delito habría sido informar de entregas de armas organizadas por los servicios secretos turcos con destino combatientes en Siria. Y el juicio se celebra a puerta cerrada –con la excusa de no desvelar esos secretos de Estado-, con lo que resulta inevitable sospechar que no será justo ni equitativo.

Con esos planteamientos, Turquía no puede ser admitida en la UE, aunque siga en la OTAN, y cumpla un papel destacado –bien retribuido en la solución del conflicto de Siria y, sobre todo, en la atención humanitaria de cientos de miles de refugiados. Le queda un largo camino para convencer a occidente de que el islamismo de Erdogan resulta compatible con la identidad comunitaria europea.

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