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El blues de los olvidados

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Leo a un periodista mexicano, enamorado del blues y el jazz, reflexionar sobre Katrina. Habla de lo que se llevó, de la crueldad y del olvido. También se pregunta si sería justo que algunos músicos mexicanos organizasen un concierto solidario, para recaudar fondos para los que lo han perdido todo. Lanza su propuesta al aire, a través de la Red. En España hemos disfrutado, como el mundo entero, con las canciones de Armstrong. Su imagen, la que nos viene siempre a la cabeza, parece decirnos algo diferente hoy. Imantado a la trompeta, con esa negrura brillante y los ojos desorbitados hasta el infito. Lo creíamos inmerso en sueños de jazz. Hoy, ese mismo gesto, nos parecerá de sorpresa. La trágica sorpresa de ver nadar entre el fango a sus recuerdos, sus amigos y sus canciones. Por eso no se lee en sus ojos la melodía triste de un clásico americano sino la trágica mirada del miedo. Inmortalizada de nuevo. Katrina y los saqueos se han encargado de matar sin piedad a una de nuestras raíces musicales. Los blogs de periodistas musicales americanos nos ofrecen una buena muestra de la fracción cultural de la tragedia. La que no trasciende de momento, lógicamente, ante la desgracia humana que ocupa el primer plano. Por esos rincones desolados de la Red he conocido que un buen número de grandes nombres de la música americana siguen desaparecidos. Que la mejor muestra de la crueldad de esta masacre meteorológica es la imagen —que no hemos visto- de un saqueador robando, en el salón de una gran mansión, una trompeta utilizada por Armstrong. Hablar de la música de Nueva Orleans es hablar de personajes como el citado, Louis Armstrong, o de Fats Domino, o Danny Barker. Domino, toda una leyenda del blues, fue rescatado hace días por una barca, en las proximidades de su casa, tras estar varios días desaparecido. Su sobrina envió decenas de mensajes a esas páginas de Internet donde se reclama información sobre desaparecidos. En cuanto al reconocido músico Eddie Gabriel, de 94 años, todavía no hay informaciones. Que se sepa, al momento de escribir esto, continúa desaparecido. La tragedia humana es de una magnitud inimaginable. La tragedia cultural, aunque de menor entidad, también lo es. El hundimiento de las raíces musicales de medio mundo se nos muestra irremediable e irreparable. El hombre aparece como una minúscula pieza agarrada a la grandeza del blues en la inmensidad de lo que nos rodea. Más que nunca cobra sentido la clásica afirmación: no somos nada. Katrina pudo llevarse a los autores, pero no logró derruír las melodías. Puede considerarse que buena parte de la música de Nueva Orleans nació en un contexto de pobreza y ligada a tragedias históricas. No sabemos si emergerá de las aguas, para levantar el espíritu de los olvidados, una nueva vertiente musical que influirá al mundo entero, tras el azote de Katrina. Tampoco importa demasiado ahora. Los amantes de la música, los intérpretes y aficionados al jazz y al rhythm and blues están de luto. Nueva Orleáns ha perdido su cultura y su identidad y a duras penas podemos divisar su historia. Con ello, también hemos perdido todos algo nuestro. Por eso, al igual que proponía en su país el periodista mexicano, creo que está tardando demasiado en llegar una convocatoria de bandas españolas reunidas en un festival en homenaje a las víctimas del Katrina. Al menos, para recaudar fondos para los olvidados. Al menos, para mantener viva la llama de lo heredado. O para sostener bien alta la antorcha del blues. Del blues, ahora sí, más triste del mundo.

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