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Tribuna libre

Por la boca… Árbitros, ¿para qué os quiero?

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José María García, maestro de periodistas deportivos y creador de un estilo que el tiempo ha convertido en inimitable, se refería a los árbitros de fútbol como 'un bulto sospechoso'.

Hace unas semanas se destapaba un caso de corrupción, esta vez en el fútbol europeo. Supuestamente se habrían amañado partidos con resultados previamente pactados y en países que pasan por serios. El caso es que había de por medio apuestas realizadas por los propios futbolistas.

Extraña que en esa trama no se aludiera para nada a los árbitros. No porque nadie dude de su probidad sino porque parecería lógico que algunos de ellos se vieran implicados en semejante dislate.

Pero a la vista de las actuaciones de los árbitros españoles un domingo sí y otro también, uno empieza a dudar de su capacidad, no ya para arbitrar un partido de fútbol sino para lucrarse de mala manera. Ni siquiera eso. Sin dudar lo más mínimo de su honradez, presenciando sus actuaciones y soportando sus decisiones es normal empezar a pensar en su total y absoluta ineficacia para cualquier cometido medianamente normal.

Y no solamente es cada jornada cuando en esos campos de Dios arman la marimorena. El arbitraje es una profesión vocacional y, además, para contumaces y ahí tenemos a muchos colegiados que una vez retirados de la primera línea se refugian como comentaristas de los arbitrajes y del reglamento en medios de comunicación. Y en sus intervenciones ya no dudamos de todo lo anterior. Lo corroboramos.

Cuentan las lenguas de doble filo –vaya usted a averiguar la verdad- que en una de las reuniones que periódicamente tienen los árbitros para poner al día sus conocimientos, unificar criterios y probar su estado físico, un novato recién llegado preguntó a uno de los veteranos: ¿Y aquí qué se hace? El veterano explicó pormenorizadamente el programa y se permitió una broma. Además, hacemos puzles. ¿Y eso qué es?, preguntó el neófito. Pues te dan una serie de piezas sueltas y tienes que encajar unas con otras hasta formar un paisaje, una figura o lo que sea. ¿Y es difícil?, insistió el más joven. Pues para mí no, contestó el de la experiencia. A mí me dieron uno que ponía 'de dos a cuatro años' y lo hice en seis meses.

Pues eso. Que no deja de ser una explicación.

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