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No es fácil gobernar sin una norma y no es fácil convivir sin unas reglas morales. Pero es imposible la convivencia en una sociedad determinada cada uno ‘con su moral’.

Lo ha dicho este fin de semana en Cataluña José Luís Rodríguez Zapatero aludiendo a que lo que quiere Rajoy es que en España legisle el Papa. Ahora, una vez que se han hecho las ‘semireverencias’ al Obispo de Roma, toca de nuevo ataques a la Iglesia y anticlericalismo a ultranza, que es lo que se lleva y es lo que puede parar la sangría de votos, al menos en algunos sectores.

Ya lo decía un alto cargo de La Moncloa en su entrevista con los monjes del Valle de los Caídos: váyanse de una puta vez. La frase ni podía ser más elegante ni estar mejor razonada, en España ya no se va a Misa.

Es un razonamiento casi tan bien estructurado como el del presidente del Gobierno cuando dice que cada cual tiene su moral y que no se puede imponer ninguna por parte de nadie ni de ninguna instancia.

Sin entrar en valoraciones de la relación que dice mantener el Gobierno español con la Iglesia Católica, y que repercute muy directamente en los católicos españoles, extraña sobremanera que alguien que en sus años mozos fue profesor de Derecho, niegue con tanta soltura el que haya una norma de carácter general que todos deben acatar o al menos respetar o al menos reconocer aunque luego hagan de su capa un sayo.

No es fácil gobernar sin una norma y no es fácil convivir sin unas reglas morales. Pero es imposible la convivencia en una sociedad determinada cada uno ‘con su moral’.

Posiblemente Rodríguez Zapatero no quiso decir eso, pero eso es lo que dijo. Si para atacar a lo que él denominaría ‘moral católica’ no se le ocurre otra cosa que afirmar que cada ciudadano es muy libre de tener su propia moral, la que le convenga en cada caso o incluso la que él mismo se haya fabricado, aun pensando que lo hace con toda la buena intención del mundo, es una afirmación que produce un cierto temor.

Y es que los mítines son muy traicioneros y uno, en medio de los aplausos y de los vivas de los viajes pagados en autocar, bocadillo incluido, a veces no sabe muy bien lo que dice o lo que quiere decir.

Pero la fijación del presidente del Gobierno con cualquier cosa que huela a católico empieza a ser enfermiza y hace suponer que no todo es improvisado, como el viaje a Afganistán en plena visita del Papa a España.

Pero el viaje, y hasta el desplante, no dejan de ser argucias políticas. El peligro es cuando Rodríguez Zapatero se mete en berenjenales filosóficos y de moral colectiva. Ahí se contagia de la doctrina Aído y, entonces, estamos perdidos.

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