Lunes 25/09/2017. Actualizado 14:32h

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Tribuna libre

Por la boca… Sí, pero no

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La perplejidad es, posiblemente, la nota dominante en torno al juicio que merecen a los ciudadanos, e incluso a los políticos, los acontecimientos que a causa de la corrupción, presunta o no, estamos viviendo.

La situación no es fácil para nadie y nadie la está gestionando medianamente bien. Llega un momento que los españoles, parafraseando a Pérez Rubalcaba, ya no sabemos lo que nos merecemos, a quiénes nos merecemos y si nos merecemos algo a o a alguien.

Es evidente que las explicaciones de Mariano Rajoy, tanto como presidente del Gobierno como en su calidad de presidente del Partido Popular, han convencido a medias a unos y nada a otros. Lógico.

Tampoco convence la actuación de Pérez Rubalcaba que, además de las ansias lógicas de poder que le acucian, está mostrando su antigua vena de agitador y manipulador. También normal.

No es de recibo que el responsable del Partido Socialista, que algún día volverá a gobernar, se despache con frases tan hechas como injustas y fuera de toda honradez política. Por mucho que lo diga, nadie se creerá eso de que 'Rajoy ha ligado su suerte a la de Bárcenas'. Por otra parte, habrá muchos españoles que deseen la dimisión de Mariano Rajoy, otros tantos que quieran que permanezca en el puesto para el que está perfectamente legitimado y algunos, sin desearlo, pueden pensar que lo mejor es que se vaya. Pero que eso lo diga precisamente Alfredo Pérez Rubalcaba, con lo que tiene detrás tanto en su actuación política individual como en las filas de su propio partido, no es admisible.

El discurso de Mariano Rajoy -dando toda la credibilidad que merece su alegato personal- tiene demasiadas fisuras como para resultar contundente. No se entiende una comparecencia de esas características, con los periodistas viendo la televisión y sin poder hacer preguntas. No se entiende el anuncio de querellas cuando, en un momento así, lo que hay que enseñar es el papel de la querella ya interpuesta, y tampoco se entiende que haya permitido que la situación le acorrale de tal forma que las salidas sean cada vez menos y más estrechas. Probar la inexistencia de lo que se dice que no existe no es fácil. La querella contra Bárcenas no tiene sentido y la querella contra quien ha publicado unas fotocopias debería haber sido inmediata. En último término, Mariano Rajoy puede responder por sí mismo y poco más. Las auditorías sean internas o externas, convencerán a quienes quieran convencerse y no convencerán a quienes, intereses aparte, no quieran convencerse.

Y ya en segundo plano se colocan los desvaríos de Cayo Lara o los cinismos de Artur Mas o de Duran y Lleida o las frases tan manidas de unos y otros aconsejando los otros a los unos que limpien la basura de su propia casa.

La conclusión no puede ser más triste. No sabemos si nos merecemos este presidente del Gobierno, pero tampoco si nos merecemos esta oposición.

Mientras rumiamos nuestro particular 'sí, pero' la pregunta es: ¿aquí quién hace algo para sacarnos de la crisis, del paro y de la situación en la que se encuentra el país?

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