Sábado 10/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

Yo bordo, tú bordas, ellos son bordes

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Si alguien no lo remedia, los Risto Mejide, De Juana Chaos, Rubianes, Luppis y compañía, se van a instalar confortablemente en nuestra sala de estar.

No sé qué piensan ustedes. Pero yo tengo para mí que España sigue sin estar a la altura. Y sus habitantes, también. Antes de nada, falla lo básico: la urbanidad. No hay más que asomarse al periódico, la radio, la televisión o a internet para comprobar el tirón que tienen ahora los ‘bordes’. Perdonen el ‘palabro’ pero quien ha hecho un modo de vida del vilipendio y la afrenta no puede recibir otro nombre.

Hasta los hay que convierten ese comportamiento en una profesión. Ahí tenemos al gran Risto Mejide, un treintañero de la factoría Endemol (“Gran Hermano”, “Crónicas Marcianas”) construido a medida para reactivar la audiencia de una “Operación Triunfo” que languidecía. Para ello, se recurre al estereotipo faltón y bocazas, que humilla desde su atalaya y saca fuera lo peor de sí mismo. Eso sí: con gran profesionalidad.

Imitadores no le faltan. En diversos órdenes de nuestra sociedad. Lo más nauseabundo lo encontramos en el mundo etarra. Ahí la palabra diálogo provoca risa o directamente no se entiende. Todo se soluciona a base de amonal, Goma dos ECO o tiro en la nuca. Es la cerrazón llevada al extremo: no es que uno se crea en posesión de la verdad absoluta; al contrario, está dispuesto a confrontar lo que piensa. Pero enfrente se encuentra las puertas cerradas a todo lo que no sea claudicación.

¿Hay así modo de entenderse? No. Y desde detrás del cristal de la mampara de la Audiencia Nacional, o desde una cama de hospital, dirigen un dedo amenazante a tu entrecejo, mientras aseguran que saben dónde vives, que te harán saltar por los aires, que no existe lugar donde puedas esconderte: ellos siempre te encontrarán. Porque no te sometes a su modo de entender la vida.

Después están los Rubianes y los Luppis. Incontinentes verbales que muestran blanco sobre negro cómo, si fuera por ellos, diseñarían una piel de toro monocolor. No se sienten a gusto intercambiando pareceres. De hecho, la cosa les revienta. Se adornan con un talante postizo, que se descascarilla en cuanto les sale fuera el rictus de la ira, la puta España, la derecha cerril y troglodita, el cordón sanitario o las prostitutas madres de los militares, que diría Iu Forn, en el diario Avui.

España no está a la altura porque algunos ya no aguantan la pose. Sus excesos delatan la impostura de quienes se empeñan en pasar por progresistas y demócratas hasta que les sale el irrefrenable déspota que llevan dentro.

Mejide, De Juana, Rubianes, Luppis y compañía son muy libres de expresarse como quieran: no caeré en su misma dictadura. Pero parece razonable pedirles, a su vez, que dejen de echarle la mano al cuello al primero que se salga de su discurso.

Los españoles tienen derecho a discrepar y a que no se les acuse de delincuentes, totalitarios, fascistas, forajidos, góticos o puteros cuando manifiestan legítimamente sus ideas.

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