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Hay bronca

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Y de grueso calibre. Los cuchillos vuelan entre la oposición y el Gobierno. Las broncas entre los partidos políticos -que aspiran a conservar el poder unos y a conseguirlo otros-,

Y de grueso calibre. Los cuchillos vuelan entre la oposición y el Gobierno. Las broncas entre los partidos políticos -que aspiran a conservar el poder unos y a conseguirlo otros-, son habituales, pero lo que está pasando en España excede con mucho de lo que se puede considerar normal en la batalla política y, además, esa bronca se está produciendo en materias que —por su propia naturaleza— deberían ser intocables. Aquí la batalla se ha planteado en dos vertientes tan delicadas como son la propia esencia de España como nación y la lucha contra el terrorismo. Dos asuntos de mayor cuantía que mantienen en vilo a la clase política y a los ciudadanos. Es como si los políticos —de uno u otro signo- hubieran perdido el pudor. El “todo vale” sirve para que se le pierda el respeto a asuntos que deberían cogerse con pinzas. No sólo no sucede así sino que son, precisamente, los más manoseados y los que se están convirtiendo en moneda de circulación común en la vida política. La negociación del Estatuto de Cataluña y la forma en que se está haciendo irrita a una oposición que se siente fuera de juego y a unos “colaboradores” —Esquerra Republicana de Cataluña- que se ven fuera, después de haber jugado casi todas las bazas de la partida; eso sin contar la situación del Partido de los Socialista de Cataluña y —más concretamente- la desairada posición del Presidente de la Generalidad. Es malo que, en un tema, trascendental para España se deje fuera, o se sientan fuera, tantas y tan importantes fuerzas políticas. Por lo que respecta a la lucha contra el terrorismo o —si se quiere a la presunta negociación con ETA- la bronca alcanza tonos graves porque se implica, además de a los partidos políticos, a las víctimas y al Poder Judicial y eso en una democracia como la nuestra son palabras mayores. Bastaría analizar a quién benefician estas broncas y se vería con claridad meridiana su gravedad. Por un lado los separatismos, de cualquier índole, se ven alimentados por las disensiones entre los dos principales partidos que, además, han sido siempre los defensores de la unidad de España. Que esas dos fuerzas políticas choquen en un asunto nuclear da alas a cualquiera que sueñe con autodeterminaciones o independencias. Si del terrorismo hablamos, es lógico que ETA se sienta más fuerte ante la desunión de quienes están llamados a combatirla y además -si se contempla la hipótesis de una negociación con el Gobierno- es evidente que la situación del Ejecutivo es mucho más débil si sus interlocutores conocen sus desencuentros con el principal partido de la oposición. Situación poco halagüeña que debería hacer reflexionar a Rodríguez Zapatero y a Rajoy.

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