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Tribuna libre

Sed buen español

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En algún lugar de los cuarenta tomos de sus memorias, el Duque de Saint-Simon reproduce el consejo que Luis XIV de Francia dio a su nieto Felipe V de España: “Soyez bon espagnol”. Este “sed buen español” retumba por los siglos hasta encontrar la mejor continuación de su eco en la frase conmovida que don Juan de Borbón, hijo y padre de reyes, dijo un día a don Juan Carlos: “Todo por España”.

 

Por el momento no se sabe con qué palabras ha alertado el Rey de España al Príncipe de Asturias para confirmarle en sus grandes destinos, y el nuevo Infante es todavía un nasciturus ajeno a la responsabilidad de la historia. Se sabe, en cualquier caso, que el primer papel de un Rey es precisamente condensar la historia y dar continuidad a esa idea de España que ha permanecido por encima de dinastías y repúblicas. Una idea de España genética y familiarmente emparentada con Europa, igual que los reyes están emparentados entre sí.

 

Más allá de los tentadores lirismos que propicia la institución, con su acumulado de símbolos y tradiciones, ser monárquico en la España de hoy implica apostar por el pragmatismo y la prudencia frente a la irresponsabilidad de deshacer la transición en una segunda transición a la balcánica. La España constituida como monarquía parlamentaria ha tenido la suficiente holgura como para aceptar la descentralización y las autonomías, los volantazos en política exterior, las panas de González y las alegres corbatas del PP.

 

Con la monarquía se han podido cumplir los sueños más nobles de ese republicanismo higienista que hoy se repite como mixtificación en los irredentistas catalanes o en los nostálgicos del socialismo real. Algo que no es azar confirma los impecables estándares de vida que gozan los países donde reinan pero no gobiernan viejos reyes, y nadie podrá reprochar cortesanismo a unos monárquicos españoles que, a falta de brillo, rezuman sensatez.

 

Desde las palabras de Luis XIV a Felipe V en Versalles o en Marly, España ha convivido con Borbones ilustrados y castizos, con reyes felones y con padres de la patria. Entre las mareas de la historia, al margen de las páginas del Hola y del brillo simbólico del Toisón, el saldo resultante de la monarquía ofrece un contraste positivo a la fácil enfermedad del pesimismo hispánico.

 

Con un retoño nuevo para el viejo tronco Borbón, la seguridad del camino pasa todavía por tener reyes responsables en una España cada vez más responsable.

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