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El cambio climático musical

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Al final, la única opción válida será no decir ni pío y asumir la sequía musical que está llenando las listas de éxitos

Acabo de enterarme de que el Camachuelo Trompetero, o sea el “Bucanetes githagineus”, se ha venido a vivir a España dejando en África al resto de sus parientes. Dicen los expertos que la culpa la tiene el famoso cambio climático. Los animalitos han detectado que en el suroeste de la Península Ibérica ahora hace más calorcito y llueve menos. Así que vienen de tres en tres, agitando sus pequeñas alas, con sonrisa de cola a pico.   No sé hasta qué punto es fiable asumir que estamos sufriendo las consecuencias del cambio climático, eso es cosa de los científicos que deben ponerse de acuerdo. Por lo pronto, aquí en el norte, llueve a destajo y anochece casi a la hora del aperitivo como todos los meses de otoño. Como todos los años. Pero aunque les cueste creerlo, la historia del esbelto –hasta llegar al pico, que es mazacote- Camachuelo Trompetero me ha resuelto algunas dudas sobre lo que sucede en la música española en los últimos tiempos.   Ya saben que últimamente siempre transmito un mensaje optimista al tratar la cuestión musical del momento. Es cierto. La situación de la música pop en España es muy buena por una sencilla razón: se están haciendo decenas de canciones maravillosas. Otra cosa diferente es que usted o yo tengamos acceso a ellas, porque no salen en la televisión, ni suenan a diario en las radios musicales. Aunque de las radios musicales, en estos momentos, mejor ni hablamos. Nos referimos quizá a La Guardia, La Frontera o Los Limones; pero también a Roedores, La Diligencia, Control Remoto, El Último Gato, Los Marcianos, Mala Suerte, Fran Rodríguez & Desbandados, o Quatro D Abril. Grupos que no suelen salir en los medios y que quizá no conozcan aún, o quizá sí. Pero que están levantando el país por los cuatro costados, musicalmente hablando. Aunque a veces sea sólo en el entorno digital y en el circuito de barrio.   Pero al margen de estos triunfalismos supongo que ustedes también se preguntarán por qué lo que todos conocen, lo que se vende y lo que nos obligan comprar con machaconas campañas de marketing, suena tan parecido. Se preguntarán por qué cada vez que aparece un artista latino nuevo, con éxito, detrás de él salen cuarenta iguales. Lo mismo sucede cuando alguien trata de adaptar el ska, la salsa o la rumba al gran público y le sale comercialmente bien. Surgen clones de debajo de las piedras, aunque avalados por discográficas diferentes. Por si cuela.   Es sencillo: el conservadurismo de la industria musical es aplastante y terrorífico en estos momentos. Cuando el Camachuelo Trompetero regrese por Navidad a África y le cuente a sus amiguitos lo bien que se vive en el sequedal del suroeste de España, decenas de especies similares poblarán la zona. Lo mismo sucede en nuestra música: cuando alguien experimenta con éxito un nuevo terreno musical –o un terreno por el que hasta entonces sólo campaban a sus anchas los músicos minoritarios-, de inmediato, se lanzan quince o veinte artistas a conquistarlo. Es el efecto cambio climático de nuestra música. Un efecto, este sí -aunque sin confirmación científica-, terriblemente devastador para los verdaderos creadores artísticos.   Pero, ¿qué quieren que les diga? En un tiempo en el que ejercer la crítica musical es cada vez más complicado, cuando esa crítica se dirige fundamentalmente a los grandes superventas, no queda mucho que decir. Esta semana lo hemos vivido con Dover, nuestros queridos rockeros reconvertidos a reyes de la música disco. Quienes hemos tratado de defenderlos hemos recibido bofetadas dialécticas por todas partes. A pesar de que a nadie se le escapa que Cristina puede hacer con Dover lo que quiera, con o sin consentimiento de los críticos musicales más aburguesados (que en España son casi todos). Y quienes han tratado de reprocharles su conquista de las pistas de baile –muy similar a la conquista de nuestro amigo el Trompetero-, por considerarla una operación comercial, también han recibido lo suyo.   Al final, la única opción válida será no decir ni pío y asumir la sequía musical que está llenando las listas de éxitos de camachuelos trompeteros fotocopiados, la que se ve en la superficie, aunque debajo haya cientos de manantiales y tesoros por descubrir.