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La carta de Loquillo

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Me gusta Loquillo. Me gusta cuando canta en directo o simplemente escuchar sus discos en casa. Me gusta que lleve hasta a la muerte su inconfundible estética atemporal. Su impecable y siniestro luto. Aunque me aburre mucho cuando habla de política, de la sociedad o de los problemas que nos rodean. Ese halo de intelectualidad, tantas veces ficticio, que pierde a nuestros artistas. Por eso habitualmente presto poca atención a sus palabras cuando no está en compañía de los Trogloditas y subido a un escenario. Sin embargo, en esta ocasión, me ha sido inevitable leer su misiva y creo honestamente que mi admirado artista se equivoca gravemente. El rockero ha hecho pública una carta a través de su web oficial (loquillo.com) titulada “La nostalgia ya no es lo que era”. Hace referencia a su actuación de este verano en el Festival Vinilopop que desde el pasado año se celebra en Águilas (Murcia). Una celebración que reúne a lo mejor del pop nacional —este año contó con Seguridad Social, Los Limones y Loquillo-, concediendo especial relevancia a los grupos más experimentados del panorama y a las bandas españolas de los 80. Loquillo empieza así su carta: “¿Qué estábamos haciendo aquí? Sabíamos que se trataba de un festival de grupos españoles pero no que el motivo principal era rendir culto a la década de los 80”. Loquillo da la impresión de haber actuado a disgusto en aquel contexto. El artista detalla la repulsa que le produjo que los nostálgicos ochenteros que habían acudido a ver el espectáculo trataran de hacerlo partícipe de esa especie de homenaje a la década de los 80. ¿Cómo puede vincularse al Intocable con semejante bajeza? ¿Quién ha podido sumir al Rey del modernismo en tamaña fiesta en homenaje a lo retrógrado? Así lo explica en su comunicado: “Al llegar al recinto fuimos abordados por una legión de nostálgicos que pretendían a través de nuestra actuación rememorar sus momentos de gloria, muchos de ellos en aquellos lejanos días poco o nada tenían que ver con nosotros”. Ante lo cual, Loquillo decidió cambiar su repertorio previsto y hacer “las mínimas concesiones a la nostalgia”. Es decir, no tocar la mayoría de sus clásicos y centrarse en sus nuevas canciones. Después se congratula de que gran parte de los asistentes vibrasen también con sus nuevos temas. Cosa normal: quien se acerca a los temas ochenteros de Loquillo con éxito intentará continuar revisando su discografía y seguir los pasos que da en la actualidad. En la carta el artista prosigue con su particular visión del asunto. Su respetable opinión lo sitúa, en cambio, en una actitud retorcida con la que falta al respeto a su público, a los otros grupos participantes y a los que trabajan —donde me incluyo- por mantener viva la música española de los 80 para que aquellos grupos sigan sonando y para que las nuevas generaciones puedan conocerla. Lo hacemos sin cerrar la puerta a las nuevas propuestas y prestando la misma atención a los discos de hoy que a los de ayer. Resulta laudable que El Loco haya tratado de seguir una trayectoria musical fresca, renovándose en cada esquina. Pero ni en el más grande de sus sueños de soberbia puede, un artista como él, cerrar la puerta al origen de todo, llegando hasta despreciar a quienes lo han puesto en el lugar que ocupa. Loquillo no es nada sin sus fans. Sean estos nostálgicos de la época del Cadillac Solitario o sean seguidores de Modestia Aparte reconvertidos al rock de Los Trogloditas por la intercesión de cualquier programa musical o revista de moda. No es justo que Loquillo, por muy rockero que sea, vuelva la espalda al cariño de una gente que quiere recordar de nuevo todos esos clásicos del rock español que le lanzaron a la fama. Y es perfectamente compatible con interpretar vibrantemente las buenas canciones con las que actualmente irrumpe en el panorama musical. Doy por supuesto que El Loco lleva hasta el final su rock and roll actitud en un tiempo en el que lo políticamente correcto llena de nubes esos comportamientos hasta el absurdo. Pero entre excederse en resaltar las bondades de los asistentes a un concierto e insultar indirectamente al respetable hay un trecho. Me han molestado las palabras de Loquillo. Quizá la culpa es mía y debería seguir disfrutando de sus canciones y obviar todo lo demás que rodea su mundo. Pero en esta ocasión me habría gustado encontrar a un Loco a la altura de las circunstancias, despojado de tanta arrogancia y aceptando con sencillez que tan importante es tener unos comienzos memorables como un final digno. Aunque, por suerte para los que disfrutamos su música, aún le quedan muchos años de rock, me gustaría verlo también —sin avergonzarse- en cualquier reunión de nostálgicos, haciendo feliz a cualquier fan, firmándole un single pulido y amarillento de “Esto no es Hawaii (Qué wai). Nadie ha muerto por eso.

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