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Tribuna libre

La carta de aguas

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¿Y qué aguas tiene, señorita? Sí. La Elsenham inglesa está bien, pero no es lo que busco hoy. La Iskilde es ya un clásico de los restaurantes de lujo.

Sucedió hace pocos días. Restaurante de un conocido hotel de cinco estrellas situado en una ciudad nada céntrica. Estábamos solos. Música de restaurante de hotel de cinco estrellas, claro. La atención, exquisita. El ambiente, tranquilo. La carta, felizmente normal. Conviene resaltarlo: normal. Porque a medida que aumentan las estrellas en los hoteles, aumentan también las posibilidades de toparse con una carta exótica, con “carpaccios de aceituna con aire fresco de jamón de cuervo ahumado”, “buñuelos de rabo de uva rellenos de sirope de bigote de gamba zurda” o “lomitos de Ciervo de la ganadería del Abuelito Paco, regaditos con arroyitos de pulpita de piñoncito”. Afortunadamente, en este restaurante la carta es una delicia, las gambas son todas ambidiestras y nadie extrae ninguna cochinada de sus bigotes. Un buen sitio para una ocasión muy especial. O eso creímos.

Un chico joven y su acompañante adulto entran y se sitúan en la mesa de al lado. Ellos y nosotros. Revisamos la carta y decidimos. Una chica nos atiende amablemente y al poco rato nos traen la comida. Ellos siguen a vueltas con la carta. Hablan muy alto y con acento muy céntrico. El chico joven sobre todo. A veces grita. Discuten y comparan las maravillas culinarias de la carta con anteriores panzadas de lujo que dicen haberse pegado, probablemente en los restaurantes más caros de España y alrededores. Ancha es Europa cuando se trata de sentarse a la mesa. Pasa el tiempo y empieza a aburrirnos su elevado tono de voz y su impertinencia. De pronto piden atención a las camareras del restaurante. Lo hacen con tanto ahínco y con voz tan viva que casi acuden a su mesa los camareros del restaurante de enfrente. Me recordaron a esas focas de acuario que arman un estruendo terrible al aplaudir. Al instante llega una camarera a atenderles y empiezan a dar vueltas con la carta. Para arriba y para abajo. Los calamares vienen del mar, sí señor. Los canelones llevan queso, sí señor. La Coca-Cola es original, sí señor. El cabrito es mamífero, sí señor.

Por fin se deciden. No sé si se quedan con los calamares, con la tortilla de no sé qué o con el cabrito, porque para entonces ya hemos logrado desconectar de sus manías y de sus gritos aparentes. Piden vino. No, agua. Bueno, mejor agua y vino. ¿Qué vinos tiene? ¿Qué aguas tiene? Póngame esto y lo otro. Al rato, les sirven la bebida y poco después la comida. Siguen con sus gritos y sus líos. Han debido cerrar un buen negocio. O quieren aparentarlo. Todo va bien, menos la bebida, que no les convence. Así llegan al momento terrible. Me lo temía. Esa gruesa frontera que creí que nunca nadie atravesaría delante de mí: piden la carta de aguas. Siempre quise conocer a alguien sano –dejemos al margen a quienes lo hacen por motivos de salud- que pidiera la carta de aguas en un restaurante. Al parecer, a mis vecinos no les gusta el agua. El vino sí, el agua no. Y empieza el circo: ¿Y qué aguas tiene, señorita? Dígame las extranjeras. Sí. La Elsenham inglesa está bien, pero no es lo que busco hoy. La Iskilde es ya un clásico de los restaurantes de lujo, pero tampoco es lo que me pide el cuerpo esta noche. Quiero algo más próximo, más cercano. Quiero sentir el hidrógeno danzando en mi paladar. Esto último no lo dijo, pero pude leerlo en su mirada. Al final, se queda en casa: casi me quedo en España, estoy entre Vichy Catalán y Vilas del Turbón.

Al llegar a las Vilas del Turbón se acabó nuestra paciencia. En plena cena pedimos los cafés, para ir ahorrando tiempo. Las llamadas a los camareros ya se habían vuelto constantes. Alzaban su voz, principalmente el chico joven: camarera, por favor. Con sus ocurrentes preguntas y con sus vicios de nuevo rico. De pobre rico, más bien. “¿Qué aceites tiene?”, insistía al final mientras nosotros suplicábamos la cuenta con urgencia. Pagado y listo. Salimos corriendo de allí apurando el último bocado en el aparcamiento subterráneo.

Y pensarán ustedes que a mí no me tiene que importar en qué salsa moje el pan el vecino. Pues sí, pero no. Me molesta tanta idiotez, tanta apariencia y tanta carta de aguas. La verdad es que a mí como si ese chico se quiere beber el agua del radiador del coche, primero, y la de los floreros de todo el restaurante, después. O como si al terminar de cenar se va a disfrutar de una sesión de oxígeno del Amazonas por vía nasal, que también es muy “cool”. Porque lo molesto no es el fondo, sino las formas. Esa obsesión por la apariencia y por llamar la atención con la que alguna gente se pasea por España haciendo el ridículo. Yo nunca pediría una carta de aguas salvo para hacer el indio un rato, quizá por salud, o para distraerme. Pero al exigir indignado que le cambien un agua por otra de otra procedencia porque no le convence del todo el saborcillo, parecer estar suplicándonos, al resto de comensales, que procedamos a su linchamiento, si no real, al menos verbal. Aunque hay algo debo agradecerle al joven nuevo rico: el artículo. Me lo ha dado hecho.

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