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Tribuna libre

De catacumbas y mártires y libros muy viejos: Fabiola

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Han sido muchos los años en que Fabiola ha estado arrinconada en la trasera de las bibliotecas, olvidada en el cajón de los libros viejos y los viejos devocionarios, como el pecio que queda de otra época con otra educación sentimental.

Han sido muchos los años en que Fabiola ha estado arrinconada en la trasera de las bibliotecas, olvidada en el cajón de los libros viejos y los viejos devocionarios, como el pecio que queda de otra época con otra educación sentimental. Lejos de los postulados del arte por el arte y de la exclusión de toda trascencencia, la Fabiola del Cardenal Wiseman aún nos habla de la literatura y la moral, que no es sino otra manera de conjugar la literatura con la vida, sin que aquí o allá se encuentre todavía para el arte otro propósito más alto.

Aires de superioridad y suficiencia y una cierta condescendencia de la vanidad empezaron por dejar que libros como Fabiola cogieran humedades y, al final, el cauce magnífico de la apologética cristiana terminó en almacenes de olvido donde se mezclaban Wiseman con Balmes y Fabiola con las obras de Chateaubriand. Esto ha sido muy dañino, tanto en términos prácticos como literarios, sin dejar de dar indicio de un grado de desorientación. En realidad, novelas como Fabiola, siempre en tiradas populares, en ediciones en rústica, abundantemente leídas, fueron fundamento de una cultura popular cristiana que pasaba –como las mejores cosas- de los padres a los hijos. La Bibliotheca Homo Legens rescata Fabiola y ahí habrá quien vea los rasgos de un anacronismo a la vez dulce y casi contestatario, y quizá un propósito de reacción. Más bien se trata de la vuelta a algo que seguramente no debiera haberse perdido, con el convencimiento de que tuvo su papel y aún puede tenerlo. Desde luego, Fabiola todavía merece su lugar en los anaqueles patrimoniales de la biblioteca familiar, para que lo lea la madre o lo lean los niños en verano, con ese propósito de responsabilidad, ya casi perdida, de que siempre van juntas la formación con un margen de protección y ejemplaridad.

Fabiola es una novela cristiana, una novela piadosa –muy piadosa-, poblada de santos y de mártires, con el propósito no disimulado de enardecer la voluntad para la religión mediante un elenco novelesco donde el héroe muere con las fieras que el circo destinaba a los cristianos. Fabiola será o no será una gran novela pero ante todo está en otra categoría, en la categoría de novela trascendente, con el pálpito de vida que siempre se le pide a la novela y que demora cada noche el momento de apagar la luz, sin que un libro pueda aspirar a fin más grato. En términos muy reales, hay una cierta degradación en que la formación dependa menos de libros como Fabiola que de la burbuja virtual de un videojuego.

Los cristianos de Fabiola tienen que volver a las catacumbas del mismo modo que –tantos siglos después- los cristianos de hoy las visitan con frecuencia ya por propia voluntad, ya por hostigamientos ambientales. Con toda su ortodoxia y su piedad, con su propósito ejemplar de mostrar la pureza de una fe que cambió el mundo, con esa delectación catequética en el rito que muestra Wiseman, Fabiola se hace notar con insistencia en ese altar individual de la intimidad y la memoria donde se experimenta la conversión, se vuelve a la fe familiar, al Belén donde fuimos niños, a una noción de pureza y de comprensión digna y entrañable de la naturaleza humana que siempre fue característica del catolicismo. Según glosa Wiseman, al pie de la Cruz están la Virgen María y María Magdalena; es decir, el amor sin mancha y también el amor arrepentido. Todas estas son sabidurías humanas y divinas que se pierden si uno considera con afán de ligereza que Fabiola sólo tuvo su sentido para las señoritas de otro tiempo. De todos modos, es en estas zozobras de hoy cuando más se aprecian las dulzuras sustanciales de una civilización católica. Por los restos que quedan se adivina aún más ejemplaridad, mayor grado de modelo de humanidad apetecible, consolidada y sabia. En los estragos de la postmodernidad ya cualquiera puede volver sin complejos a las razones de las viejas novelas piadosas y los viejos libros de devoción.

Fabiola tuvo su primera edición anónima en 1854 y desde entonces conoció la reedición y el éxito permanentes: en España la comenta Fernán Caballero y la lee Ana Ozores en La Regenta de Clarín. Al escribir la novela, en la estirpe de Walter Scott, Nicolás Patricio Esteban Wiseman ya era cardenal arzobispo en la sede católica londinense de Westminster; concretamente el primer arzobispo tras el restablecimiento de la jerarquía católica en Inglaterra y Gales, donde su empeño tanto tuvo que ver.

Cualquiera que lea Fabiola con la sensibilidad despierta apreciará ahí un amor, un deleite curioso y sorprendente en la descripción de la campiña italiana, de las ruinas romanas, de un país sureño, luminoso, exaltado y bello. Son mínimos decursos líricos que se espacian en la narración y en los que seguramente se transparenta algo del propio Wiseman, nacido en la Roma andaluza que es Sevilla en 1802. Según el mismo Wiseman, ese fue el primer estrato de su alma, teñida del genio del lugar donde nació; según sus biógrafos, la grandeur de su concepción de todo lo atinente a la Iglesia tuvo mucho que ver con esa ambientación de esplendor católico.

Wiseman provenía de familia comerciante anglo-irlandesa, amigos de un Blanco-White que sería conocido con el tiempo, en el exilio liberal español en Londres. El joven Wiseman se trasladaría al English College de Roma, donde se iba a convertir en un prometedor orientalista. Antes de Fabiola, en España ya se había publicado un opúsculo suyo acerca de la religión y la ciencia, el mismo libro que llamó la atención de John Henry Newman. Con Wiseman y Newman tenemos ya buena sustancia del Catholic Revival inglés del XIX, tan copioso en lo intelectual, aquel Movimiento de Oxford que acogería a conversos como el cardenal Manning, la novelista Fullerton, el culto sacerdote Benson y el altísimo poeta Hopkins, de la Compañía de Jesús. Esos fueron años de conversiones, ejemplares y nutricios para tantos católicos ingleses que vendrían con las otras olas de conversiones del siglo XX.

En el 1836, Wiseman había fundado la eminente Dublin Review, para la que escribiría las reflexiones de su viaje a España, entre lanzadas al famoso viajero vende-Biblias George Borrow, denigraciones del Gobierno de la época, recuerdos de infancia, admiración por la calidad de los sacerdotes españoles y efusiones de entusiasmo por el carácter de las gentes del país: “su amabilidad para conmigo me abruma”. Hasta 1865, los años de Wiseman en Londres fueron tiempos de pastoría de almas, de satisfacción por el auge católico, de mucha mano en la política, viajes a Roma, erudición y congresos: en cierto modo, la vida esforzada de quien fue un hombre de Iglesia. A su muerte recibió –no es poco- el elogio fúnebre del Times, por más que hoy pervive con Fabiola y Fabiola a su vez pervive con Quo Vadis?, Ben-Hur y Los últimos días de Pompeya en la biblioteca de la casa que formó lo mejor de la memoria.