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El cerdo

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Últimamente veo mucho cerdo en los periódicos. Noticias sobre el cerdo, quiero decir. Han coincidido estos días —en torno a la festividad de San Martín, acaso propiciatoria— varias informaciones que lo tienen de protagonista.

Últimamente veo mucho cerdo en los periódicos. Noticias sobre el cerdo, quiero decir. Han coincidido estos días —en torno a la festividad de San Martín, acaso propiciatoria— varias informaciones que lo tienen de protagonista. En la prensa local he leído que «la matanza tradicional cae en picado desde los años noventa» (Diario de Burgos, 5 de noviembre). También que, respecto al descontento del sector agroalimentario con la reforma del porcino establecida por Arias Cañete, se ha alcanzado, contando con el visto bueno de la consejera autonómica del ramo, un «acuerdo para que no se elimine el jamón ibérico de bellota, que mueve 100 millones al año» (ABC Castilla y León, 9 de noviembre). Y esta semana han aparecido en la prensa nacional diversas referencias a un estudio gracias al cual sabemos, tras la secuenciación de su genoma, «por qué el cerdo come de todo» (El País, 14 de noviembre). No es porque su madre lo haya obligado desde pequeño.

Del cerdo me encantan las pequeñas subversiones que comporta en este presente de espíritu cada vez más pacato. Frente a la búsqueda enfermiza del eufemismo para cualquier realidad un poquito desagradable u ofensiva, al cerdo seguimos llamándolo cerdo, gorrino, puerco, gocho, marrano, chon o cualquiera de sus sinónimos, todos ellos inequívocamente connotados para mal. Frente a la obsesión por la higiene, por la limpieza, por el lustre, el cerdo se rebulle en su pocilga —casi tan inmunda como la de un chaval de quince años— hoza ruidosamente, se revuelca en la porquería, apesta y es feliz. Frente al canon al uso de belleza animal, el de las mascotas relamidas, gráciles, con ese si es no es de humano («qué avispado, Bobby; ¿en qué estará pensando?»), el cerdo es feo, desproporcionado, torpón y de mirada estólida. Queda claro que ni piensa en nada ni lo finge, por lo que hay menos obstáculo sentimental para convertir su cuerpo en chacinas que en el caso Bobby, si es que este fuera chacinable.

Y más pequeñas subversiones. La matanza sigue siendo la matanza, con toda su crudeza terminológica. A diferencia del ganado vacuno, ovino, caprino o equino, el cerdo no se ve sometido a sacrificio, ese acto de resonancias religiosas que introduce asepsia, rapidez en la ejecución y ausencia de sufrimiento. Matanza es palabra bárbara y recia, hay en ella violencia, hoja afilada, sangría: autenticidad. Y el producto que se elabora como resultado, frente a las dietas superferolíticas que van cundiendo por ahí —horror esnob de última hora: los veganos salen de las catacumbas—, el producto, digo, es rico en colesterol malo, requiere digestiones lentas, acaba atocinando la figura. Por recordarnos desde todos los puntos de vista lo insulsos que nos estamos volviendo, el benemérito cerdo nunca podrá ser suficientemente ponderado.

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