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Tribuna libre

El clarividente Vicente Verdú

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El domingo pasado El País publicaba un especial sobre el Papa elaborado por la Cátedra de Teología de Prisa, que agrupa desde supuestos teólogos que viven de desprestigiar la teología, hasta sus periodistas “especializados” en temas religiosos y cronistas vaticanos, que en ocasiones han demostrado en sus artículos la incapacidad para distinguir un monaguillo de un cardenal.

 

Entre todas las perlas con las que la cabecera nos agasajaba a los lectores destaca, sin duda, la de Vicente Verdú, autor entre otros libros de “El planeta americano”. Esta obra la recuerdo con especial cariño porque durante la carrera, una profesora nos obligó a leerla y me suspendió porque en la crítica que hice en el examen a este supuesto estudio científico-sociológico de la sociedad estadounidense, califiqué al libro de “investigación basada en el análisis de los capítulos de Los Simpson”. Cae en todos los tópicos y bien podría servir para inspirar los guiones de Matt Groening.

 

Volviendo al tema. El artículo de opinión de Verdú rezuma sectarismo, resquemor y mala leche. Califica al Papa de “showman” que ejercía su pontificado de cara a las cámaras. Según él, Juan Pablo II ha dedicado su vida a representar una farsa, a buscar que su persona sea el centro de las cámaras y de la lisonja de los millones de católicos y no católicos que le seguían en sus viajes.

 

Para el autor Wojtyla era “reaccionario, anacrónico, autoritario y antipático” pero ante las cámaras se transformaba para convertirse en un icono ideal para los medios. ¡Vamos, que ha mantenido engañada a toda la humanidad menos a él! Gracias Verdú por abrirnos los ojos y sacarnos de la caverna platónica a la que el Pontífice nos mantenía encadenados.

 

Pero ahí no queda la cosa. El periodista afirma que el Papa en sus viajes apenas predicó nada de peso y se comportaba como un actor en gira promocional. Parece que Verdú no ha escuchado o leído las palabras con que Juan Pablo II se dirigía a los millones de jóvenes que acudían a su encuentro, o los discursos que constantemente pronunciaba ante personas sencillas o líderes políticos que asistían a sus audiencias, por no hablar de las intervenciones del Pontífice ante organizaciones y foros internacionales.

 

Por supuesto también califica al Papa de misógino y de padecer un temor enfermizo al sexo. La Carta Apostólica “Mulieris Dignitatem” así como numerosos escritos e intervenciones de Juan Pablo II en defensa de la mujer no parecen denotar misoginia. No me cabe otra que pensar que Verdú se está refiriendo a la no permisión del sacerdocio femenino.

 

Yo no sé las amigas del periodista de El País, pero las mías, creyentes y no creyentes, no se sienten odiadas por el Papa por el hecho de no poder ordenarse como curas. Las mujeres que conozco están muy contentas con las labores profesionales que desempeñan y nunca han confesado ningún tipo de deseo por cambiar su trabajo por el de sacerdotisas. Sobre el temor al sexo tampoco hay manera de sostener esa afirmación. Pocas personas habrán escrito tanto como el Papa sobre la sexualidad de una manera tan clara.

 

Frente a la evidencia de una vida de entrega al servicio de la justicia y la verdad, frente a la evidencia de un hombre íntegro, luchador y sin doblez, Verdú presenta a un Juan Pablo II al que nadie identificaría con la persona que murió el sábado pasado. No sé en qué planeta ha vivido el autor durante estos últimos veintiséis años (tal vez en su "Planeta americano"). Se pueden aceptar diferencias respecto al pensamiento del Papa, pero ante un hombre reconocido por todos como auténtico y de una pieza no se sostiene la crítica de teatrero y farsante.

 

Seamos serios y superemos el “síndrome Castro”: “toda la humanidad está equivocada menos yo”.