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Tribuna libre

La cobardía de Zapatero

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No lleva ni cuatro años y su desgaste es ya más que evidente. Es el primer Presidente que pierde sus primeras elecciones tras llegar a la Moncloa.

Han pasado sólo tres años desde su llegada a la Moncloa y ya se va conociendo el verdadero rostro del actual Presidente del Gobierno, que dista mucho de esa imagen de “talante y buen rollito” con la que accedió al poder y con la que intentó engatusar a los españoles.

El paso del tiempo nos ha hecho ver a un Presidente con una gran vaciedad intelectual, que sólo emite frases supuestamente grandilocuentes pero debajo de las cuales no hay nada, que improvisa en gran parte sus decisiones, que nombra a dedo a algunos candidatos de su partido, que califica de “accidente” un atentado terrorista, que llama “hombre de paz” a un personaje como Otegui, que afirma que el concepto de nación española es algo “discutido y discutible”, que candidato en el extranjero que apoya, candidato que hunde; que tiene una gran fijación con revisar el pasado y reabrir viejas heridas; que echa por la borda el gran trabajo que se hizo en la transición. Estas y muchas cosas más las hemos ido viendo en Zapatero desde que llegó a la Moncloa, pero hay una que hasta ahora no se había manifestado con toda su fuerza y con toda su claridad y es su profunda cobardía a la hora de asumir su responsabilidad en decisiones ciertamente difíciles de digerir y de entender por los españoles. Algunos hechos ciertamente graves así lo demuestran.

Zapatero es el máximo responsable de que el sanguinario terrorista De Juana Chaos esté a punto de irse a su casa en San Sebastián para cumplir el resto de la condena que le queda por haber escrito dos artículos de prensa en los que amenazaba claramente a los funcionarios de prisiones. Hace unas semanas tomó la decisión de mandarlo al Hospital General de Guipúzcoa para que el terrorista pusiera fin a la huelga de hambre que estaba llevando a cabo en el Hospital Doce de Octubre de Madrid. Es decir, De Juana Chaos le echó un pulso al Presidente del Gobierno y este cedió al chantaje.

Ahora, el terrorista está ya muy recuperado, da paseos por el exterior del Hospital y quiere irse a su casa. Pero el Presidente del Gobierno no da la cara. Dice que eso es una decisión que depende de Instituciones Penitenciarias, como si este organismo fuera una especie de “ente angelical” y no una Dirección General dependiente del Ministerio del Interior, cuyo titular, Alfredo Pérez Rubalcaba, está haciendo también un “papelón” en toda esta ignominiosa historia.

Otro ejemplo: Zapatero nombra a dedo al candidato del PSOE a la Alcaldía de Madrid, Miguel Sebastián, después de que Bono le diera con la puerta en las narices. Pues bien, después de una campaña nefasta, Sebastián se da un gran bacatazo en las elecciones, y quien le nombró, desaparece de la escena. Ni una palabra, en público, de apoyo o de ánimo.

En Navarra, es evidente que Zapatero ha negociado el futuro de la Comunidad Foral con ETA, lo que pasaría, en un primer estadio, por desaloja a UPN del Gobierno y pactar con los nacionalistas aglutinados en torno a “Nafarroa Bai”. El Presidente del Gobierno, en lugar de asumir su responsabilidad en dicho pacto, les deja a los socialistas navarros que sean los que mareen la perdiz ante la opinión pública y, eso sí, él le exige a Rajoy que pida perdón por no se sabe que insultos e improperios recibidos por el PSOE desde el PP.

Son sólo algunos ejemplos, pero muy significativos, que definen perfectamente al personaje. Un político de raza, con fibra, da la cara, explica sus decisiones aunque sean impopulares y, en definitiva, ejerce de líder ante la opinión pública. Zapatero no. No lleva ni cuatro años en la Moncloa y su desgaste es ya más que evidente. El pasado 27 de mayo fue la primera vez que un Presidente de Gobierno pierde las primeras elecciones que convoca tras llegar a la Moncloa. Por algo será.

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